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Chapter 1: Los rizos que terminaron en el suelo

—¡Por favor, Bianca! ¡No le cortes más el cabello! ¡Es una niña de tres años!

El grito de Rosalie Kent atravesó la suite nupcial segundos antes de que otro mechón oscuro cayera sobre la alfombra color marfil. Livia Rizzano se encogió en el borde de una silla, con las manitas apretadas contra el pecho y las lágrimas resbalándole por las mejillas.

Bianca Moretti ni siquiera parpadeó.

Sostenía unas máquinas eléctricas entre los dedos, como si estuviera terminando un trabajo perfectamente normal. El zumbido llenaba la habitación, mezclándose con el tintineo de las pulseras de diamantes que llevaba en la muñeca.

Frente al espejo, su vestido de novia italiano brillaba bajo las lámparas doradas. Costaba más que el salario anual de muchas de las personas que trabajaban para ella. Su maquillaje seguía impecable. Ni un solo cabello se había salido del peinado que dos estilistas habían tardado tres horas en preparar.

La pequeña Livia, en cambio, tenía un costado de la cabeza irregularmente rapado.

—Deja de moverte —ordenó Bianca, acercando otra vez las máquinas—. Si te hubieras quedado quieta, esto no habría pasado.

—Quiero a mi papá —sollozó Livia—. Quiero a mi papito.

Rosalie se interpuso inmediatamente.

—Señora Moretti, se lo suplico. Es la hija del señor Rizzano.

Bianca soltó una carcajada seca.

—¿Y eso debería impresionarme?

Rosalie sintió que se le helaba la sangre.

Aquel nombre podía hacer que hombres adultos abandonaran una habitación sin atreverse a preguntar por qué. Alessandro Rizzano no era simplemente un empresario adinerado. En Chicago, su apellido aparecía en conversaciones que se interrumpían cuando un desconocido se acercaba.

Sus negocios legales sostenían una cadena de hoteles, restaurantes y empresas de transporte. Los demás negocios, aquellos de los que nadie hablaba frente a una cámara, le habían dado una reputación todavía más temible.

Sin embargo, para Livia, él era solamente papá.

El hombre que le preparaba leche tibia cuando tenía pesadillas. El que permitía que sus pequeños zapatos pisaran sus zapatos de vestir mientras bailaban en la sala. El que siempre se agachaba para escucharla, incluso cuando veinte personas esperaban una respuesta suya.

Y esa mañana, Livia debía llevar una canastita de pétalos blancos durante la ceremonia en la que su padre se casaría con Bianca.

Rosalie había pensado que todo saldría bien.

Se había equivocado.

—Devuélvame las máquinas —dijo Rosalie, intentando mantener la voz firme—. Voy a llamar a la organizadora.

Bianca giró lentamente la cabeza.

—¿Vas a hacer qué?

—Voy a buscar al señor Rizzano.

La sonrisa de Bianca desapareció por un instante. Después regresó, más desagradable que antes.

—No vas a ir a ninguna parte.

Dejó las máquinas encendidas sobre la mesa durante un segundo, tomó un cepillo y trató de acomodar los rizos que quedaban en la cabeza de la niña. Livia se apartó de golpe.

—¡No!

El cepillo cayó al suelo.

Bianca miró el objeto como si la niña acabara de cometer una ofensa imperdonable.

—Mira nada más. Además de llorona, maleducada.

—Tiene miedo —respondió Rosalie—. Usted la está lastimando.

—No seas dramática. Solo es cabello. Le volverá a crecer.

Livia levantó la cara mojada.

—¿Por qué me lo cortas?

Por primera vez, Bianca se inclinó hasta quedar a la altura de la pequeña. Sus ojos, maquillados con sombras color champán, recorrieron el rostro de Livia con una frialdad que no correspondía a una mujer a punto de casarse con el padre de aquella niña.

—Porque alguien tiene que enseñarte que no eres la princesa de esta casa.

Rosalie abrió la boca, horrorizada.

Bianca levantó las máquinas otra vez.

—Y, sinceramente, mi perro se porta mejor cuando le recorto el pelo.

La niña dejó escapar un gemido ahogado.

—¡No soy un perrito!

—Entonces deja de comportarte como uno.

Rosalie se lanzó hacia delante y consiguió apartar la mano de Bianca justo cuando las máquinas se acercaban a la cabeza de Livia.

—¡Basta!

El movimiento hizo que Bianca perdiera el equilibrio durante un instante. No cayó, pero su expresión se transformó.

Nadie la tocaba.

Nadie le hablaba así.

Y mucho menos una empleada que debía sentirse agradecida por estar en una suite decorada con flores importadas, espejos franceses y muebles que probablemente costaban más que su apartamento.

—Acabas de cometer un error muy grave —susurró Bianca.

Rosalie abrazó a Livia y la levantó de la silla.

—No voy a permitir que vuelva a tocarla.

Bianca observó los brazos de Rosalie alrededor de la niña. Luego miró el reloj de oro que llevaba en la muñeca.

Faltaban veinticinco minutos para la ceremonia.

Los invitados estaban llegando. Los músicos afinaban sus instrumentos. Los socios de Alessandro ocupaban sus lugares en la primera fila, y varios hombres de seguridad vigilaban cada entrada del hotel.

Aquella boda debía consolidar la imagen de Bianca como la mujer que había conseguido entrar en una de las familias más poderosas de Chicago.

No pensaba permitir que una niña arruinara ese momento.

—Bájala —ordenó.

—No.

—Rosalie, no voy a repetirlo.

—Y yo no voy a entregársela.

Bianca apretó las máquinas con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

—¿Sabes cuántas mujeres matarían por estar en mi lugar? —preguntó—. ¿Sabes cuánto he tenido que soportar para llegar hasta aquí?

Rosalie no respondió.

Bianca señaló a Livia.

—Su madre está muerta. Su padre está ocupado. Esta niña necesita aprender que el mundo no gira alrededor de ella.

Livia escondió la cara en el cuello de Rosalie.

La empleada sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

—Su madre no está aquí para defenderla —dijo con voz temblorosa—, pero eso no significa que usted pueda hacerle esto.

El rostro de Bianca se endureció.

Durante un segundo, el nombre de la difunta esposa de Alessandro pareció haberla enfurecido más que cualquier desafío.

—No vuelvas a mencionar a esa mujer en mi presencia.

—Ella no hizo nada malo.

—¡Cállate!

Bianca avanzó y Rosalie retrocedió hasta quedar junto a la puerta que comunicaba la suite con el corredor privado.

Livia comenzó a llamar a su padre entre sollozos.

—¡Papá! ¡Papito, ven por mí!

Al otro lado de la puerta, los pasos de alguien se detuvieron.

Bianca no los oyó. Estaba demasiado concentrada en arrancarle a Rosalie a la niña.

—Dámela ahora mismo —exigió.

Rosalie apretó a Livia contra su pecho.

—No.

La novia levantó las máquinas eléctricas.

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—Entonces tendré que hacerlo yo.

Y, justo cuando Bianca volvió a acercarlas a la cabeza de la pequeña, la manija de la puerta comenzó a girar.

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