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Chapter 11: El hombre que oficialmente estaba muerto

A las seis de la mañana, Alessandro ya estaba vestido.

No había dormido más de veinte minutos seguidos.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar la frase de la grabación que Rosalie había descrito: Entonces no nos dejas otra alternativa.

Había pasado años creyendo que Isabella murió en un accidente.

Ahora sabía que, horas antes de aquella tragedia, alguien había amenazado a su esposa, alguien había intentado obligarla a firmar documentos y alguien había hecho desaparecer pruebas que podían explicar lo ocurrido.

La única certeza era que la historia oficial ya no bastaba.

A las seis y media, Rosalie apareció en el vestíbulo con un abrigo oscuro y una pequeña bolsa de tela.

—La grabadora está en mi apartamento —dijo—. No la he tocado desde que la escondí.

Alessandro tomó las llaves del automóvil.

—Entonces iremos a buscarla.

Luca se acercó desde la entrada.

—El equipo está preparado.

Rosalie lo miró con inquietud.

—¿Equipo?

Alessandro respondió antes que él.

—Personas que garantizarán que podamos entrar y salir sin que nadie nos siga. No van a interrogarte ni a presionarte.

Ella asintió, aunque seguía pareciendo nerviosa.

Durante el trayecto, permaneció mirando por la ventana. Las calles de Chicago comenzaban a llenarse de automóviles y trabajadores que se dirigían a sus empleos.

Alessandro observó a Rosalie de reojo.

—¿Por qué nunca destruiste la grabación?

La mujer tardó en responder.

—Porque la señora Isabella me pidió que protegiera a Livia si algún día ella no podía hacerlo.

—¿Te dijo algo más?

Rosalie asintió lentamente.

—La noche anterior al accidente, me pidió que recordara una frase.

Alessandro se volvió hacia ella.

—¿Cuál?

—«Si alguien intenta convencerte de que todo está resuelto, busca lo que falta».

Él sintió un escalofrío.

Era exactamente el tipo de advertencia que Isabella habría dejado. Una frase sencilla, pero imposible de ignorar una vez que se comprendía su significado.

—¿Te dijo a qué se refería?

—No, señor.

El automóvil se detuvo frente a un edificio de apartamentos de ladrillo rojo.

Rosalie vivía en el tercer piso, en un lugar modesto que Alessandro había visitado apenas unas cuantas veces durante todos aquellos años.

Subieron las escaleras.

La mujer abrió la puerta y los condujo hasta una pequeña sala donde había fotografías familiares, plantas junto a la ventana y una máquina de coser antigua.

Se arrodilló frente a un armario y sacó una caja de madera.

Dentro había carretes de hilo, botones y una pequeña grabadora plateada.

Alessandro la tomó con cuidado.

—¿Funciona?

—No lo sé. Nunca me atreví a probarla.

Luca sacó una bolsa protectora y guardó el aparato.

—Tenemos un equipo que puede extraer el contenido sin modificar el original.

Rosalie se sentó en el sofá.

—¿Y si lo que contiene no demuestra nada?

Alessandro la miró.

—Entonces seguiremos buscando.

Ella apretó las manos.

—¿Y si demuestra algo terrible?

Él pensó en Livia.

En la manera en que había preguntado si Bianca seguía enojada con ella.

En la confianza con la que su hija le había pedido que resolviera los problemas de los adultos para poder volver a jugar.

—Entonces tendremos que enfrentarlo —respondió—. Pero no vamos a permitir que Livia siga viviendo rodeada de mentiras.

A las ocho y quince, el laboratorio de análisis entregó los primeros resultados.

La grabación estaba dañada, pero una parte del audio podía recuperarse. Alessandro escuchó el archivo en una sala privada, acompañado por Luca y Daniel.

La voz de Isabella apareció primero.

Sonaba cansada, aunque firme.

—No voy a firmar nada. Ya te lo dije.

Después se oyó el sonido de una silla arrastrándose.

Una voz masculina respondió:

—No entiendes las consecuencias de negarte.

Alessandro se inclinó hacia los altavoces.

La voz le resultaba familiar.

No podía identificarla todavía, pero algo en su tono despertaba un recuerdo que prefería no examinar.

Isabella respondió:

—Entiendo perfectamente. Quieren controlar el fideicomiso de Livia y utilizar mis documentos para hacerlo parecer legítimo.

El hombre soltó una risa breve.

—No se trata solamente del dinero.

—Entonces dime de qué se trata.

Hubo un silencio.

Después, la voz masculina pronunció una frase que hizo que Alessandro se pusiera de pie.

—Se trata de lo que tu marido está dispuesto a hacer cuando descubra quién ha estado traicionándolo.

La grabación se interrumpió durante varios segundos.

Cuando el audio regresó, Isabella estaba llorando.

—Alessandro no va a permitir que se acerquen a nuestra hija.

—Alessandro no sabe ni la mitad de lo que ocurre en sus propias empresas.

El archivo terminó abruptamente.

Nadie habló durante varios segundos.

Finalmente, Daniel apagó los altavoces.

—Necesitamos mejorar el audio para identificar la voz.

Alessandro permaneció de pie.

—Hazlo.

Luca observó la pantalla.

—Hay algo más. La fecha del archivo coincide con la mañana del accidente.

Alessandro cerró los ojos.

La conversación había ocurrido horas antes de que Isabella saliera de casa por última vez.

—¿Podemos recuperar el resto?

—Tal vez. Pero el archivo parece haber sido cortado manualmente.

Daniel se volvió hacia él.

—Alguien editó la grabación.

Alessandro apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Puedes descubrir quién?

—Necesitaré el equipo original o una copia de mayor calidad.

—Entonces encuentra el archivo original.

Daniel sacó una hoja de su carpeta.

—Ya investigué el código B-17. El edificio sigue existiendo, aunque la empresa que administraba el depósito desapareció hace años. El propietario actual es una sociedad inmobiliaria registrada en Nevada.

—¿Quién la controla?

—Todavía no tenemos el nombre del beneficiario real. Pero encontramos una conexión con una empresa de consultoría que recibió pagos de una de sus antiguas filiales.

Alessandro lo miró.

—¿Cuál?

Daniel deslizó un documento sobre la mesa.

El nombre apareció impreso en letras negras.

*Moretti Strategic Holdings.*

Luca soltó una maldición entre dientes.

Alessandro no reaccionó de inmediato.

No porque estuviera sorprendido, sino porque comenzaba a comprender la magnitud del engaño.

Los Moretti habían estado cerca de sus empresas mucho antes de que Bianca se convirtiera en su prometida.

Habían tenido acceso a información financiera, documentos privados y sistemas de seguridad.

Y cuando Isabella descubrió algo, su muerte se convirtió en el punto de partida de una larga cadena de silencios.

—Quiero que prepares una solicitud legal para acceder al depósito —ordenó—. Si quedan documentos allí, los vamos a encontrar.

Daniel asintió.

—Pero hay un problema.

Alessandro lo miró con impaciencia.

—¿Qué problema?

—La sociedad inmobiliaria cambió de propietario hace tres semanas.

—¿A nombre de quién?

Daniel colocó otra hoja sobre la mesa.

Alessandro leyó el nombre.

*Bianca Moretti.*

A las diez de la mañana, Alessandro se reunió con su primo Matteo en una oficina privada.

No le había explicado por qué quería verlo. Solo le había pedido que acudiera sin acompañantes.

Matteo llegó vestido con un traje azul oscuro y una expresión de cansancio que intentó disimular con una sonrisa.

—¿Qué sucede, Alessandro? Pareces no haber dormido.

—Hablemos de Victor Hale.

La sonrisa desapareció.

Matteo se sentó lentamente.

—¿Qué pasa con él?

—Te reuniste con él en un estacionamiento. Las cámaras lo registraron entregándote un sobre.

Matteo miró hacia la ventana.

—No sabía que me estaban siguiendo.

—No te pregunté eso.

El primo respiró profundamente.

—Hale trabaja con varias empresas de seguridad. Quería ofrecerme un contrato.

—¿Un contrato relacionado con los accesos de mi casa?

Matteo guardó silencio.

Alessandro golpeó una vez la mesa con los dedos.

—Te lo preguntaré una vez más. ¿Utilizaste tus credenciales para permitir que alguien entrara en mi propiedad?

—No.

—Entonces alguien las robó.

—Eso parece.

—¿Y por qué no me informaste de inmediato?

Matteo se frotó la frente.

—Porque pensé que podía resolverlo sin involucrarte.

Alessandro soltó una risa sin humor.

—Alguien entró en mi casa y dejó una amenaza en la cama de mi hija. No hay nada que puedas resolver por tu cuenta.

Matteo bajó la cabeza.

—Lo sé.

—¿Qué había en el sobre que te entregó Hale?

El primo tardó en responder.

—Documentos financieros.

—¿De qué tipo?

—Transferencias antiguas. Contratos que vinculaban a algunas de nuestras empresas con sociedades que ya no existen.

Alessandro sintió que el ambiente se volvía más frío.

—¿Por qué te entregaría eso?

—Dijo que necesitaba mi ayuda para verificar algunas firmas.

—¿Qué firmas?

Matteo levantó los ojos.

—Las de Richard Cole.

El nombre volvió a caer entre ambos como una piedra.

—Richard Cole murió hace cinco años —dijo Alessandro.

—Eso es lo que aparece en los registros.

—¿Qué significa eso?

Matteo abrió su maletín y sacó una copia de un documento.

—Hale me mostró una transferencia reciente a una cuenta asociada a una identidad que supuestamente pertenece a Cole.

Alessandro examinó el papel.

La cuenta había recibido dinero hacía apenas dos semanas.

—¿Quién hizo la transferencia?

—Una sociedad registrada en las Islas Caimán. No pude identificar al beneficiario.

Alessandro levantó la mirada.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Matteo se encogió de hombros.

—Porque Hale me advirtió que, si te entregaba esos documentos, pondría en peligro a toda la familia.

Alessandro sintió que la rabia le subía por el pecho.

—¿Y decidiste ocultármelo?

—Pensé que estaba protegiéndote.

—No. Estabas protegiendo tu propia tranquilidad.

Matteo aceptó el reproche sin responder.

Después sacó un pequeño dispositivo de almacenamiento.

—Hay algo más. Hale me entregó esto. Dijo que contenía información sobre una caja de documentos que Bianca había comprado hace tres semanas.

Alessandro tomó el dispositivo.

—¿Lo revisaste?

—No.

—¿Por qué?

Matteo lo miró directamente.

—Porque la última carpeta contiene una fotografía de Isabella tomada el día de su muerte.

Alessandro sintió que el corazón se le detenía durante un instante.

—¿Qué?

Matteo asintió lentamente.

—Y hay un hombre junto a su automóvil. El mismo hombre que aparece en una fotografía de los documentos que encontraste.

Alessandro guardó el dispositivo en el bolsillo.

Por primera vez, su primo parecía verdaderamente asustado.

—Alessandro, no sé quién está detrás de esto. Pero creo que Bianca no es la única persona que quiere recuperar esos archivos.

—¿Qué más sabes?

Matteo bajó la voz.

—Hale me dijo que Richard Cole seguía vivo.

Esa noche, Alessandro regresó a la mansión con el dispositivo.

Livia estaba en la sala, pintando con Rosalie. Cuando lo vio entrar, corrió hacia él con un dibujo entre las manos.

—¡Papá, mira!

Alessandro se agachó y observó la hoja.

Había pintado un jardín, una casa y una mujer con el cabello largo.

—¿Es mamá?

Livia asintió.

—Rosalie me contó que a mamá le gustaban las flores.

Alessandro sintió un nudo en la garganta.

—Le encantaban.

La niña le entregó el dibujo.

—Quiero que lo pongas junto a su foto.

Él la abrazó.

—Así lo haré.

Después la acompañó a su habitación y esperó hasta que se quedó dormida.

Solo entonces regresó al despacho.

Conectó el dispositivo a un equipo aislado y abrió los archivos.

Había contratos, registros bancarios y fotografías de edificios que ya no existían.

Al final encontró una carpeta titulada *«Isabella — Archivo final»*.

Dentro había tres imágenes.

La primera mostraba a Isabella entrando en su automóvil.

La segunda mostraba el vehículo detenido junto a la carretera.

La tercera fue tomada desde lejos, después del accidente.

Alessandro amplió la imagen.

Junto al automóvil había un hombre con una chaqueta oscura.

Su rostro estaba parcialmente oculto, pero la postura, el cabello y la cicatriz que atravesaba su mano le resultaron inconfundibles.

Alessandro dejó de respirar.

Conocía a aquel hombre.

Lo había visto en reuniones empresariales, en cenas privadas y en el funeral de Isabella.

Era alguien a quien había confiado información durante años.

Alguien que había estado a su lado cuando él más necesitaba apoyo.

Debajo de la fotografía aparecía una anotación.

*«Richard Cole. Presente en el lugar antes de la llegada de los servicios de emergencia».*

Alessandro se quedó mirando la pantalla.

El hombre que oficialmente estaba muerto no solo seguía vivo.

Había estado allí cuando su esposa perdió la vida.

Y, de acuerdo con los registros que acababa de descubrir, alguien había pagado para mantener su identidad oculta.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla.

*«Ahora sabe quién estaba con Isabella. Si quiere conocer la verdad completa, deje de buscar a Carmen Salazar».*

Alessandro apretó el teléfono.

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Otro mensaje llegó inmediatamente después.

*«Ella no fue la única persona que sobrevivió al accidente».*

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