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Chapter 7: La última semana de Isabella

Alessandro Rizzano había aprendido a reconocer las amenazas por la forma en que estaban escritas.

Las amenazas de sus enemigos solían ser directas. Las de sus socios traidores venían disfrazadas de consejos. Las de quienes conocían demasiado sobre su familia aparecían en sobres sin remitente, con frases calculadas para despertar una inquietud que ningún guardaespaldas podía eliminar.

Pero aquella fotografía era diferente.

Isabella sostenía a Livia contra su pecho, con el rostro iluminado por una sonrisa que Alessandro recordaba incluso en los días más oscuros. Llevaba el cabello recogido en una trenza y un abrigo color crema que él le había regalado durante su primer invierno juntos.

En el reverso, alguien había escrito que Bianca no había elegido a su hija por casualidad.

Alessandro volvió a leer la frase.

Después miró la dirección impresa en el segundo papel: un pequeño restaurante en las afueras de Chicago, a las nueve de la noche.

Faltaban poco más de tres horas.

—Señor, ¿ocurre algo? —preguntó Rosalie desde la entrada de la sala.

Alessandro dobló el papel y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Necesito que te quedes con Livia esta noche.

Rosalie miró la fotografía que él todavía sostenía.

—¿Tiene que ver con la señora Isabella?

Alessandro levantó la cabeza.

—¿Por qué lo preguntas?

La empleada vaciló.

—Porque reconozco ese abrigo. La señora Isabella lo llevaba el día que vino a la mansión una mujer que yo no había visto antes.

Alessandro dejó la fotografía sobre la mesa.

—¿Qué mujer?

—No recuerdo su nombre. Era rubia, de unos cuarenta años. Llegó poco antes de la cena y pidió hablar con la señora Isabella a solas. Cuando usted regresó, la visitante ya se había marchado.

—¿Cuándo ocurrió?

Rosalie cerró los ojos, intentando recordar.

—Una semana antes de que la señora Isabella muriera.

El silencio que siguió fue absoluto.

Alessandro sintió que los recuerdos de aquellos días comenzaban a agitarse en su mente.

Isabella había estado preocupada. Había recibido llamadas que no contestaba delante de él. Una noche, mientras él se preparaba para salir, la encontró guardando documentos en una caja de madera.

Cuando le preguntó qué sucedía, ella le besó la mejilla y respondió que estaba organizando los papeles de Livia.

Él le había creído.

Después, una semana más tarde, un accidente en una carretera mojada se llevó a su esposa.

La policía habló de una pérdida de control del vehículo. El informe no encontró indicios suficientes para sostener otra explicación. Alessandro había llorado a Isabella, había cuidado de su hija y había enterrado sus sospechas bajo años de trabajo.

Ahora, alguien acababa de desenterrar todo aquello.

—Rosalie, necesito que me digas algo —dijo él—. ¿Alguna vez escuchaste a Isabella mencionar a los Moretti?

La empleada palideció.

Alessandro lo notó inmediatamente.

—Rosalie.

—No estoy segura, señor.

—No te estoy pidiendo que estés segura. Te estoy preguntando qué recuerdas.

Rosalie se sentó lentamente.

—La última semana, la señora Isabella recibió una llamada mientras yo preparaba el baño de Livia. La escuché decir: «No voy a permitir que se acerquen a mi hija». Después colgó y se quedó mirando por la ventana durante mucho tiempo.

Alessandro sintió que la sangre le golpeaba las sienes.

—¿Reconociste la voz de la otra persona?

—No, señor.

—¿Y ella te dijo algo más?

Rosalie asintió.

—Esa misma noche me pidió que guardara una pequeña caja en el armario de la habitación de Livia. Me dijo que, si alguna vez ocurría algo y usted necesitaba encontrarla, yo sabría dónde buscar.

Alessandro se puso de pie.

—¿Dónde está esa caja?

—No lo sé. La guardé como me pidió, pero después de su muerte la habitación fue reorganizada. Nunca volví a verla.

Él miró hacia las escaleras.

Durante años, había creído que la única tragedia de aquella semana había sido perder a su esposa. Ahora comenzaba a sospechar que Isabella había intentado advertirle sobre algo que él no había sabido reconocer.

—Voy a revisar la habitación —dijo.

Rosalie se levantó inmediatamente.

—Lo acompañaré.

—No. Quédate con Livia.

La empleada miró hacia el sofá, donde la niña había dejado sus lápices.

—¿Va a estar bien, señor?

Alessandro observó a su hija.

—Esta vez, nadie va a acercarse a ella sin que yo lo sepa.

La habitación infantil conservaba algunos detalles que Isabella había elegido personalmente.

Las cortinas tenían pequeñas estrellas bordadas. En una repisa descansaban animales de peluche, y junto a la ventana seguía colgado un móvil de lunas plateadas que giraba lentamente cuando entraba aire.

Alessandro había evitado modificar aquel cuarto después de la muerte de su esposa. Livia había crecido allí, rodeada de los objetos que su madre había escogido antes de que ella naciera.

Se arrodilló frente al armario.

—¿Dónde te escondiste, Isabella? —murmuró.

Revisó las cajas de juguetes, los cajones inferiores y los estantes. Encontró fotografías, ropa que Livia ya no usaba y una libreta de tapas rosas con dibujos de mariposas.

La caja no apareció.

Entonces recordó algo.

Isabella había insistido en que el armario se fabricara con un pequeño compartimento oculto para guardar recuerdos familiares. Había bromeado diciendo que algún día Livia encontraría allí sus propios tesoros.

Alessandro retiró las cajas de la repisa inferior y pasó los dedos por la madera.

Encontró una pequeña ranura.

Presionó.

El panel se abrió.

Dentro había una caja de madera oscura, atada con una cinta blanca.

Alessandro la sacó con cuidado y la colocó sobre la cama.

En el interior encontró tres fotografías, una llave pequeña y una carta dirigida a él.

La letra de Isabella seguía siendo inconfundible.

Alessandro, si estás leyendo esto, significa que no pude contarte todo en persona.

Él dejó de respirar durante un instante.

Continuó leyendo.

Hay cosas que no te dije porque tenía miedo de lo que harías si las supieras. No porque dudara de tu amor, sino porque conozco el precio de tu protección cuando crees que alguien amenaza a nuestra familia.

Alessandro apretó el papel.

Hace meses descubrí que una persona cercana a nosotros estaba compartiendo información sobre nuestros movimientos y nuestras propiedades. Al principio pensé que se trataba de un empleado. Después encontré documentos que apuntaban hacia alguien relacionado con los Moretti.

La carta no mencionaba el nombre.

Isabella explicaba que había contratado a una abogada independiente para revisar ciertos documentos. También decía que una mujer había intentado convencerla de firmar una autorización relacionada con los bienes de Livia.

No firmé nada. Pero me dijeron que, si no cooperaba, podrían hacerte daño a ti y utilizar a nuestra hija para obligarte a obedecer.

Alessandro sintió que la rabia se mezclaba con un dolor antiguo.

Si algo me ocurre, no asumas que fue un accidente hasta que encuentres a la persona que vino a verme. Su nombre está en el segundo sobre.

La carta terminaba con una frase que lo dejó inmóvil.

No permitas que Livia crezca pensando que debe tener miedo para que la amen.

Alessandro dejó el papel sobre la cama.

Por un momento, ya no fue el hombre que dirigía un imperio empresarial y una organización temida en los círculos criminales de Chicago.

Fue el esposo que había llegado tarde a una conversación que nunca supo que necesitaba tener.

Tomó el segundo sobre.

Dentro encontró una tarjeta de presentación.

*Elena Vargas. Abogada de sucesiones y protección patrimonial.*

En el reverso, Isabella había escrito un número de teléfono y una fecha.

La fecha correspondía a dos días antes de su muerte.

Alessandro sacó el teléfono y marcó el número.

Una mujer respondió al tercer tono.

—¿Diga?

—¿Elena Vargas?

—Sí. ¿Quién habla?

—Alessandro Rizzano. Encontré una carta de mi esposa.

Hubo un silencio tan prolongado que él creyó que la llamada se había cortado.

Finalmente, la mujer respondió:

—Señor Rizzano, esperaba que algún día encontrara esos documentos.

—¿Qué sabe sobre la muerte de Isabella?

Elena respiró profundamente.

—Sé que su esposa estaba intentando proteger a su hija de alguien que llevaba meses acercándose a su familia.

—¿De quién?

—No puedo explicárselo por teléfono. Pero hay algo que necesita saber antes de seguir investigando.

Alessandro miró la carta.

—Dígame.

—La mujer que visitó a Isabella la última semana de su vida no era una desconocida. Era la madre de Bianca Moretti.

El mundo pareció detenerse.

—¿Victoria Moretti?

—Sí. Y cuando Isabella descubrió por qué había venido a la mansión, comenzó a temer que su hija estuviera en peligro.

Alessandro cerró los ojos.

—¿Por qué no me lo dijo antes?

—Porque desaparecí durante varios meses después de recibir amenazas. Y porque, señor Rizzano, no tenía pruebas suficientes para acusar a una familia con tantos recursos.

—¿Las tiene ahora?

—Tengo una parte de ellas.

—¿Dónde está?

—En el lugar que aparece en la carta que le dejó su esposa.

Alessandro volvió la vista hacia la pequeña llave que había encontrado dentro de la caja.

Elena pronunció una última frase antes de colgar.

—Pero no vaya solo. Si Victoria sabe que usted ha encontrado esos documentos, hará todo lo posible por recuperarlos.

La llamada terminó.

Alessandro se quedó mirando el teléfono.

En el pasillo, escuchó la risa de Livia. Rosalie estaba ayudándola a pintar otra mariposa.

Aquella risa le recordó por qué no podía permitirse actuar sin pensar.

Su esposa había intentado proteger a su hija.

Y ahora alguien estaba utilizando el pasado de Isabella para obligarlo a mirar hacia un lugar que quizá llevaba años ocultando una verdad peligrosa.

A las nueve de la noche, Alessandro llegó al restaurante indicado en la nota.

Había elegido un automóvil discreto y solo llevaba consigo a un hombre de confianza, Luca Ferraro, que esperaba afuera mientras él entraba.

El lugar estaba casi vacío. Las luces eran tenues y una radio antigua reproducía música italiana a bajo volumen.

En una mesa junto a la ventana, una mujer de cabello castaño y abrigo gris levantó la mirada.

Alessandro reconoció su rostro por la fotografía de la tarjeta.

Elena Vargas se puso de pie.

—Gracias por venir.

—No he venido a tomar café.

—Lo sé.

Ella sacó una carpeta de su bolso y la colocó sobre la mesa.

—Isabella me pidió que guardara una copia de los documentos que descubrimos. También me pidió que no se los entregara a nadie hasta que pudiera confirmar que usted estaba dispuesto a escuchar la verdad sin actuar impulsivamente.

Alessandro soltó una risa fría.

—Mi esposa me conocía demasiado bien.

—Lo amaba. Pero también sabía que, cuando alguien amenaza a su familia, usted puede convertirse en una persona que deja de escuchar.

Él abrió la carpeta.

Dentro había copias de transferencias, correos electrónicos y una fotografía de Victoria Moretti entrando en un edificio privado.

—¿Qué buscaba Victoria?

Elena se sentó.

—Acceso a los documentos que protegían el patrimonio de Livia. En aquel momento, Bianca todavía no formaba parte de su vida.

Alessandro levantó la mirada.

—¿Entonces por qué estaba involucrada?

—Porque la familia Moretti tenía problemas financieros. Victoria creía que, si lograba establecer una relación con usted, podría encontrar una manera de beneficiarse de sus empresas. Isabella descubrió que había intentado acercarse a ella para obtener información.

Alessandro pasó otra página.

—¿Y la muerte de mi esposa?

Elena bajó la mirada.

—No puedo afirmar que Victoria la causara. No tengo pruebas suficientes para hacer esa acusación. Pero sí puedo decirle que Isabella estaba asustada y que, dos días antes del accidente, me pidió que buscara un lugar seguro para guardar sus documentos.

Alessandro apretó los dientes.

—¿Qué ocurrió la noche anterior a su muerte?

—Isabella recibió una llamada. Después vino a verme y me entregó una copia de los documentos. Me dijo que, si algo le ocurría, debía proteger a Livia.

Elena sacó una fotografía y la deslizó hacia él.

Era una imagen de una cámara de seguridad. Victoria aparecía junto a un automóvil negro, hablando con un hombre cuyo rostro quedaba parcialmente oculto.

Alessandro reconoció el vehículo.

Había pertenecido a una empresa contratista que trabajaba para uno de sus negocios logísticos.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó.

—No he conseguido identificarlo con certeza.

—¿Y qué relación tiene con Bianca?

Elena guardó silencio.

Alessandro levantó los ojos.

—Dígamelo.

—Bianca sabía que su madre estaba investigando su familia. Lo que no puedo confirmar es cuánto sabía sobre el plan original.

Él cerró la carpeta.

—¿Qué plan?

Elena sostuvo su mirada.

—Conseguir acceso a sus negocios, a sus bienes y, eventualmente, a la administración del patrimonio de Livia.

Alessandro se levantó.

—Entonces la boda no era el objetivo final.

—No. Era el primer paso.

Antes de que él pudiera responder, el teléfono de Elena vibró.

La mujer leyó el mensaje y perdió el color del rostro.

—¿Qué ocurre? —preguntó Alessandro.

Ella giró la pantalla hacia él.

El mensaje procedía de un número desconocido.

*«Sabemos que estás con Rizzano. Si le entregas la última carpeta, su hija será la siguiente en pagar».*

Alessandro sintió que una furia helada le recorría el cuerpo.

Sacó su teléfono y llamó inmediatamente a Luca.

—Regresa a la mansión. Quiero que dupliquen la seguridad de Livia. Nadie entra ni sale sin mi autorización.

—¿Qué sucede, jefe?

Alessandro miró a Elena.

—Alguien acaba de amenazar a mi hija.

Y mientras Luca respondía que ya estaba en camino, Alessandro comprendió que la historia de Isabella no había terminado con su muerte.

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Alguien había esperado años para recuperar aquellos documentos.

Y ahora sabía que él estaba a punto de descubrir por qué.

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