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Chapter 12: La confesión que nadie esperaba

Alessandro leyó el último mensaje tantas veces que las palabras comenzaron a perder sentido.

Ella no fue la única persona que sobrevivió al accidente.

¿Quién más había sobrevivido?

¿Richard Cole?

¿Un testigo que nunca apareció en el informe policial?

¿O alguien que había sido declarado muerto para ocultar su participación en lo ocurrido?

Alessandro se levantó y caminó hasta la ventana.

Desde allí podía ver las luces del jardín y una parte del camino que conducía a la entrada principal. Dos guardias patrullaban junto a la verja. Otros permanecían cerca de la habitación de Livia.

Nunca antes había necesitado tantas medidas de seguridad para sentirse tranquilo dentro de su propia casa.

Tomó el teléfono y llamó a Daniel.

—Necesito que revises el informe original del accidente de Isabella. No el resumen que me entregaron. Quiero los documentos de la policía, las declaraciones de los testigos y los registros de los servicios de emergencia.

—¿Ha encontrado algo nuevo?

—Una fotografía tomada antes de que llegaran los paramédicos. Richard Cole aparece junto al automóvil.

Daniel guardó silencio.

—Eso es imposible. Según el informe, usted fue el primer familiar en llegar al hospital.

—No estoy hablando de quién llegó al hospital. Estoy hablando de quién estuvo en la carretera.

—Voy a buscar los documentos.

Alessandro respiró profundamente.

—Y quiero saber si hubo otra persona atendida en el lugar del accidente.

—Entendido.

Antes de colgar, Daniel añadió:

—Alessandro, si Richard Cole sigue vivo, quizá no podamos confiar en los registros que tenemos.

—Ya no confío en ellos.

Terminó la llamada.

En ese momento, escuchó un ruido suave detrás de él.

Livia estaba en la puerta del despacho, abrazada a su oso de peluche.

—Papá, ¿puedo dormir contigo?

Alessandro dejó el teléfono.

—Claro, mi amor.

La levantó y la sentó sobre sus rodillas.

—¿Tuviste una pesadilla?

La niña asintió.

—Soñé que mamá estaba en el coche y no podía salir.

Alessandro sintió que algo se le rompía por dentro.

—Fue un sueño, cariño.

—¿Tú estabas allí?

Él la miró con ternura.

—No, mi vida. Yo no estaba allí.

Livia bajó la cabeza.

—¿Por qué no?

La pregunta lo golpeó con más fuerza que cualquier acusación.

Porque había estado trabajando.

Porque había creído que todo estaba bajo control.

Porque nunca había imaginado que la mujer que amaba pudiera estar enfrentándose sola a una amenaza.

Pero Livia no necesitaba cargar con esas respuestas.

Alessandro le acarició el cabello.

—Porque a veces los adultos no sabemos lo que está pasando hasta que es demasiado tarde. Pero eso no significa que no amemos a las personas que perdemos.

La niña lo abrazó.

—Yo no quiero perderte.

Él cerró los ojos y la estrechó contra su pecho.

—No tienes que preocuparte por eso ahora. Estoy aquí contigo.

Livia se quedó dormida poco después.

Alessandro la llevó a su habitación y permaneció sentado junto a la cama hasta que la madrugada comenzó a iluminar las cortinas.

Entonces recibió una llamada de Luca.

—Señor, encontramos algo en los archivos del hospital.

Alessandro se puso de pie.

—¿Qué?

—El informe original registra que una mujer fue atendida en la carretera poco antes de que llegaran los servicios de emergencia. Presentaba heridas leves y afirmó que viajaba en otro vehículo.

—¿La identificaron?

—Sí. Se llamaba Elena Vargas.

Alessandro sintió que la sangre se le helaba.

La abogada que le había entregado los documentos de Isabella.

La mujer que había advertido que los Moretti no actuaban por casualidad.

La misma persona que había desaparecido durante meses después de recibir amenazas.

—¿Qué declaró?

—Según el registro, dijo que había visto un automóvil detenerse detrás del vehículo de Isabella. Pero la declaración desapareció del expediente principal.

Alessandro apretó el teléfono.

—¿Quién eliminó la declaración?

—Todavía no lo sabemos. Pero el documento original fue firmado por un oficial que se retiró del servicio dos meses después.

—Encuéntrenlo.

—Ya estamos buscando su domicilio.

Alessandro miró hacia la cama de su hija.

El pasado estaba dejando de ser una colección de sospechas.

Comenzaba a convertirse en una cadena de hechos concretos.

Y cada nuevo descubrimiento apuntaba hacia personas que habían tenido acceso a su familia, a sus empresas y a su confianza.

—Luca —dijo—, quiero que localices a Elena Vargas y la pongas bajo protección. Sin presionarla. Si alguien intenta acercarse a ella, quiero saberlo inmediatamente.

—Entendido.

Alessandro terminó la llamada.

Por primera vez, sospechó que Elena no le había contado toda la verdad cuando se reunieron en el restaurante.

Quizá no porque quisiera engañarlo.

Quizá porque también había estado huyendo de alguien.

Elena llegó a la mansión a las nueve de la mañana.

No había dormido. Tenía ojeras profundas y llevaba el cabello recogido de manera descuidada.

Cuando Alessandro la recibió en el despacho, ella miró las cámaras instaladas en las esquinas y las dos puertas de seguridad.

—Parece que finalmente comprendió que alguien está vigilándolo —dijo.

—Parece que finalmente estoy descubriendo quién.

Alessandro colocó la fotografía de Richard Cole sobre la mesa.

Elena perdió el color del rostro.

—¿De dónde sacó esto?

—De un archivo relacionado con la muerte de mi esposa.

Ella se sentó lentamente.

—Entonces encontró la carpeta final.

—Sí.

Elena se cubrió la boca con una mano.

—No debería haberla encontrado tan pronto.

Alessandro la miró con dureza.

—¿Qué significa eso?

La mujer bajó la mirada.

—Significa que hay personas que llevan años intentando destruir cualquier prueba relacionada con aquel accidente. Y que usted acaba de convertirse en el mayor peligro para ellas.

—¿Richard Cole sigue vivo?

Elena guardó silencio.

—Contésteme.

—No lo sé con certeza.

—¿Lo vio después del accidente?

Ella asintió lentamente.

—Sí.

Alessandro sintió que la habitación se estrechaba a su alrededor.

—¿Dónde?

—En un hospital privado, dos días después de la muerte de Isabella. Estaba herido, pero consciente.

—¿Por qué no me lo dijo?

Elena se inclinó hacia delante.

—Porque Richard me aseguró que, si usted descubría que había sobrevivido, buscaría venganza antes de escuchar lo que realmente había ocurrido.

Alessandro soltó una risa fría.

—¿Y usted creyó que ocultármelo era la mejor solución?

—No tenía pruebas suficientes para demostrar lo que él había hecho. Y después recibí amenazas.

—¿Quién la amenazó?

—Una persona que trabajaba para los Moretti. No sé si actuaba por órdenes directas de Victoria o por cuenta propia.

Alessandro señaló la fotografía.

—¿Qué ocurrió con Isabella?

Elena cerró los ojos durante unos segundos.

—La última vez que hablé con ella, me dijo que había descubierto una red de transferencias ilegales dentro de una de sus empresas. Richard Cole estaba involucrado. Pero no era el único.

—¿Quién más?

—Su primo Matteo.

Alessandro se quedó inmóvil.

Elena levantó la mirada.

—No estoy diciendo que Matteo participara en el accidente. Estoy diciendo que Isabella encontró documentos que demostraban que había permitido que Richard utilizara información financiera de su empresa para beneficiar a los Moretti.

Alessandro recordó la conversación de la noche anterior.

El sobre que Hale había entregado a Matteo.

Las firmas de Richard Cole.

Las credenciales de seguridad utilizadas para entrar en su casa.

Todo comenzaba a conectarse.

—¿Por qué Victoria quería controlar el patrimonio de Livia? —preguntó.

Elena respiró profundamente.

—Porque Isabella había creado un fideicomiso para proteger los bienes de su hija. Si usted se casaba con alguien y después fallecía, esa persona no podría reclamar automáticamente el control del patrimonio. Pero había una cláusula que permitía revisar la administración del fideicomiso si se demostraba que usted estaba incapacitado o que existía un conflicto de intereses grave.

Alessandro comprendió.

—Querían construir una situación en la que pareciera que yo no podía administrar mis propios asuntos.

—Exactamente. Y necesitaban documentos que parecieran demostrar que usted había utilizado las empresas familiares para cometer delitos financieros.

Él miró la fotografía de Richard.

—¿Y Bianca?

Elena tardó en responder.

—Bianca sabía que su madre quería acercarla a usted. Pero no creo que conociera todos los detalles al principio.

—¿Qué cambió?

—Cuando usted comenzó a confiar en ella, Victoria creyó que finalmente tenía acceso a la familia. Bianca empezó a participar en reuniones, a hacer preguntas sobre las propiedades y a interesarse por los documentos de Livia.

Alessandro sintió una oleada de repulsión.

Recordó la manera en que Bianca había tratado a su hija en la suite nupcial.

La crueldad no había sido solamente una explosión de vanidad.

Había sido una demostración de poder sobre alguien a quien consideraba indefenso.

—¿Y el cabello de mi hija? —preguntó él—. ¿Por qué hizo aquello?

Elena lo miró con tristeza.

—No puedo saber qué había en su mente en ese momento. Pero Bianca llevaba meses escuchando a su madre hablar de Livia como un obstáculo. Quizá creyó que, una vez casada con usted, podría decidir quién merecía permanecer en su casa.

Alessandro se levantó y caminó hasta la ventana.

—Mi hija nunca fue un obstáculo.

—Lo sé.

—Era una niña de tres años.

Elena bajó la cabeza.

—Lo sé.

Durante varios segundos, Alessandro no dijo nada.

Después se volvió.

—Necesito que me diga todo lo que sabe sobre Richard Cole. Sin omitir nada más.

Elena asintió.

—Hay una persona que puede demostrar que Richard sobrevivió y que estuvo relacionado con la desaparición de los documentos originales.

—¿Quién?

La mujer sacó una fotografía de su bolso.

Mostraba a una joven de cabello oscuro, con una niña pequeña en brazos.

Alessandro reconoció a la mujer de inmediato.

Era Carmen Salazar.

—¿Dónde está? —preguntó.

Elena miró hacia la puerta.

—No lo sé. Pero la última vez que hablé con ella, me dijo que había encontrado una copia del informe médico de Richard Cole.

—¿Y qué decía?

Elena tragó saliva.

—Que el hombre que salió del hospital después del accidente no se llamaba Richard Cole.

Alessandro sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Quién era entonces?

Elena deslizó la fotografía hacia él.

En el reverso aparecía un nombre escrito a mano.

*Gabriel Rizzano.*

Alessandro se quedó mirando aquellas dos palabras.

Gabriel.

Su hermano menor.

El hombre al que había enterrado siete años atrás después de que su automóvil fuera encontrado destruido en una carretera al norte de la ciudad.

El hombre cuya muerte había sido confirmada mediante documentos oficiales.

El hombre que, según Elena, podía haber sobrevivido al accidente.

—Eso es imposible —murmuró.

Elena no apartó la mirada.

—Señor Rizzano, hay algo más. Isabella no murió el mismo día que Gabriel desapareció.

Alessandro levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué está diciendo?

La voz de Elena se quebró.

—Estoy diciendo que los dos accidentes ocurrieron con apenas unas horas de diferencia. Y que alguien utilizó los documentos de Richard Cole para ocultar la identidad del hombre que salió del hospital.

Alessandro sintió que las paredes desaparecían a su alrededor.

Si Gabriel había sobrevivido, toda la historia de su muerte era falsa.

Si alguien había ocultado su identidad, entonces el certificado de defunción que él había firmado podía haber sido una mentira.

Y si Isabella había descubierto la verdad antes de morir, quizá el secreto que intentaba proteger no tenía que ver solamente con dinero.

Su teléfono vibró.

Era Luca.

—Señor, encontramos a Carmen Salazar.

Alessandro se aferró al escritorio.

—¿Dónde está?

—En una clínica privada, a las afueras de Chicago. Ingresó anoche bajo otro nombre.

—¿Está viva?

Luca guardó silencio durante un segundo.

—Sí, señor. Pero acaba de pedir protección policial.

Alessandro cerró los ojos.

—¿Por qué?

La respuesta de Luca llegó en voz baja.

—Porque alguien intentó asesinarla esta mañana. Y antes de perder el conocimiento, entregó una nota con su nombre.

Alessandro miró la fotografía de su hermano.

Debajo del nombre Gabriel, Carmen había escrito una frase.

*«Tu hermano no murió. Él fue quien sacó a Livia del automóvil antes de que llegara la policía».*

Por primera vez en siete años, Alessandro sintió que el duelo que había enterrado podía estar construido sobre una mentira.

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Y si Gabriel seguía vivo, la siguiente pregunta era inevitable.

¿Por qué había permitido que su propia familia creyera que estaba muerto?

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