Chapter 9: La mujer que desapareció después del funeral

La primera pista llegó a las diez y diecisiete de la mañana.
Daniel llamó a Alessandro para informarle que los registros del antiguo refugio habían sido trasladados a un archivo privado después de su cierre. La organización que administraba el lugar conservaba una parte de la documentación, pero el acceso requería una autorización judicial.
—¿Tenemos una forma de localizar a Carmen? —preguntó Alessandro.
—Todavía no. Sin embargo, encontramos una solicitud de ayuda firmada por ella seis días después de la muerte de Isabella.
Alessandro se quedó inmóvil.
—¿Qué decía?
Daniel consultó sus notas.
—Solicitaba protección por temor a una persona que conocía su domicilio y sus horarios. No menciona el nombre, pero hay una observación del trabajador social que la atendió.
—Léemela.
—«La solicitante afirma poseer información relacionada con una muerte que podría no haber sido accidental. Teme que su testimonio ponga en peligro a una menor de edad».
Alessandro sintió que una presión insoportable le cerraba el pecho.
—¿Por qué nunca recibí ese informe?
—Porque la solicitud fue archivada bajo una identidad reservada. Además, el expediente de Carmen aparece como cerrado por traslado voluntario.
—¿Adónde la trasladaron?
—No hay destino registrado.
Alessandro apoyó las manos sobre el escritorio.
Durante años había vivido convencido de que la muerte de Isabella había sido una tragedia que debía aceptar. Ahora tenía delante un documento que demostraba que alguien cercano a su esposa había temido por la seguridad de Livia inmediatamente después del accidente.
—Daniel, necesito una orden para acceder a todos los registros originales. No quiero resúmenes ni copias incompletas.
—Voy a solicitarla.
—Y busca al trabajador social que firmó el informe.
—Lo haré.
Alessandro terminó la llamada.
Por primera vez desde la muerte de Isabella, sintió que la culpa comenzaba a transformarse en algo distinto.
No podía cambiar el pasado.
Pero podía descubrir por qué alguien había querido que él dejara de hacer preguntas.
A mediodía, Victoria Moretti solicitó una reunión.
No llamó para disculparse por el comportamiento de Bianca. No preguntó por Livia ni ofreció pagar los gastos médicos. En su mensaje, se limitó a afirmar que había llegado el momento de resolver los asuntos pendientes entre ambas familias.
Alessandro aceptó reunirse con ella en una sala privada de su oficina.
Cuando Victoria entró, llevaba un traje color marfil y un bolso de piel negra. Su maquillaje era impecable. Parecía una mujer que había pasado la mañana organizando una gala, no intentando recuperar el control de una situación que amenazaba con destruir los planes de su familia.
—Alessandro —saludó—. Gracias por recibirme.
Él señaló la silla frente al escritorio.
—Siéntate.
Victoria obedeció.
Durante unos segundos, observó la habitación. Después dejó el bolso sobre sus rodillas.
—He pensado mucho en lo ocurrido con Bianca.
—Espero que hayas encontrado algo más útil que excusas.
La mujer apretó los labios.
—Mi hija cometió un error. Lo reconozco. Pero no puedes permitir que un incidente arruine todo lo que nuestras familias han construido.
Alessandro abrió una carpeta.
—¿Te refieres a los acuerdos financieros?
Victoria miró los documentos.
—Me refiero a nuestra relación.
—Entonces hablemos de la relación entre tu familia y la mía.
Él deslizó una fotografía sobre el escritorio.
Era una imagen de Victoria junto al automóvil negro, hablando con el hombre cuyo rostro seguía sin identificar.
Ella no tocó la fotografía.
Pero sus dedos se tensaron alrededor del bolso.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
—Eso me gustaría saber.
Victoria levantó la mirada.
—No reconozco a ese hombre.
Alessandro dejó otra fotografía junto a la primera.
Esta mostraba a Bianca en el restaurante con Victor Hale.
Victoria palideció ligeramente.
—¿Por qué estás investigando a mi hija?
—Porque alguien utilizó unas credenciales de seguridad asociadas a mi primo para entrar en mi casa y dejar una amenaza en la habitación de mi hija.
Victoria se puso de pie.
—¡Eso es absurdo! ¿Estás acusando a Bianca de algo tan grave?
—Todavía no estoy acusando a nadie. Estoy haciendo preguntas.
—Pues tus preguntas son ofensivas.
Alessandro permaneció sentado.
—¿Conocías a mi esposa Isabella?
Victoria se quedó completamente quieta.
Por primera vez desde que había entrado, su expresión perdió todo rastro de seguridad.
—¿Qué tiene que ver Isabella con esto?
—Respóndeme.
—La conocí socialmente. Coincidimos en algunos eventos.
—¿Fuiste a mi casa una semana antes de su muerte?
Victoria se llevó una mano al cuello.
—No recuerdo.
Alessandro deslizó una copia de la carta de Isabella sobre el escritorio.
—Mi esposa dejó documentos que indican que te reuniste con ella. También escribió que estaba preocupada por una amenaza relacionada con el patrimonio de Livia.
Victoria miró el papel.
Su silencio duró demasiado.
—Isabella era una mujer nerviosa —dijo finalmente—. Tenía problemas con sus propias inseguridades. No deberías interpretar cada una de sus palabras como si fueran pruebas de una conspiración.
Alessandro se levantó.
—Mi esposa murió hace años. No está aquí para defenderse. Pero mi hija sigue viva, y alguien acaba de amenazarla.
Victoria recogió su bolso.
—No voy a tolerar que me interrogues.
—Entonces no tienes que responder.
Ella caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Alessandro, si sigues removiendo el pasado, podrías descubrir cosas sobre Isabella que preferirías no saber.
Él sintió que la rabia se convertía en una calma peligrosa.
—¿Eso es una amenaza?
Victoria no respondió.
Abrió la puerta y salió.
Alessandro permaneció de pie junto al escritorio, mirando el espacio que había dejado.
No sabía si Victoria acababa de cometer un error o si había pronunciado una advertencia calculada.
Pero había conseguido algo importante.
Había demostrado que el nombre de Isabella todavía podía hacerla perder la compostura.
Aquella tarde, Alessandro visitó el antiguo edificio donde había funcionado el refugio para mujeres.
El lugar estaba vacío, con las ventanas cubiertas por tablones y un letrero oxidado sobre la entrada. Una organización comunitaria había trasladado sus actividades a otro barrio, pero el archivo administrativo permanecía bajo la custodia de una pequeña oficina jurídica.
Luca lo acompañaba.
—El encargado nos espera dentro —dijo.
Alessandro asintió.
Un hombre de unos sesenta años los recibió en una oficina estrecha llena de archivadores.
—Señor Rizzano, lamento no haber podido encontrar más información antes de su llegada.
—¿Conoció a Carmen Salazar?
El hombre consultó un registro.
—Sí. Llegó poco después de la muerte de la señora Isabella. Estaba muy asustada.
—¿Dijo por qué?
—Afirmó que había visto algo que podía poner en peligro a una niña. No quiso explicar demasiado en la primera entrevista.
Alessandro apoyó una mano sobre el escritorio.
—¿Y después?
—Regresó dos días más tarde. Esta vez llevaba una bolsa con documentos y pidió hablar con la directora. Le dijo que alguien había intentado entrar en su apartamento.
—¿Tenía miedo de una persona concreta?
El hombre negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero recuerdo que preguntó si podía utilizar otro nombre durante su estancia.
Alessandro sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Aceptaron?
—Sí. En el refugio nunca exigíamos que las mujeres revelaran más información de la necesaria si temían por su seguridad.
El encargado revisó varias carpetas hasta encontrar una hoja amarillenta.
—Aquí está.
Alessandro leyó el nombre escrito en la parte superior.
Carmen Salazar.
Debajo aparecía una dirección de contacto, un número de expediente y una anotación manuscrita.
*«La solicitante afirma que Victoria Moretti no actuaba sola».*
Alessandro levantó la mirada.
—¿Quién escribió esto?
—La directora de entonces. Falleció hace dos años.
—¿Hay alguna otra anotación?
El hombre pasó la página.
—Sí. Tres días después de su última entrevista, Carmen abandonó el refugio. Dijo que alguien había encontrado su ubicación y que debía marcharse inmediatamente.
—¿Dejó una dirección?
—No. Pero entregó una llave a la directora y pidió que se guardara junto con sus documentos.
Alessandro sintió un escalofrío.
—¿Qué llave?
El encargado abrió una pequeña caja metálica.
Dentro había un sobre sellado.
En la parte frontal, alguien había escrito el nombre de Isabella Rizzano.
Alessandro lo tomó con cuidado.
—¿Por qué no me lo entregaron antes?
—La instrucción era conservarlo hasta que apareciera un familiar directo de Isabella o alguien que pudiera demostrar que tenía autorización para recibirlo. La directora dejó esa nota en el expediente.
Alessandro mostró su identificación.
El hombre comprobó los documentos y finalmente le entregó el sobre.
Dentro había una llave pequeña, similar a la que había encontrado en la habitación de Livia, y una nota escrita a mano.
Si Alessandro llega a buscarme, díganle que no confíe en la primera versión de la historia.
Debajo aparecía un número de teléfono.
Luca se inclinó para verlo.
—¿Lo reconoces, señor?
Alessandro negó con la cabeza.
—Todavía no.
Guardó el sobre en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Gracias por su ayuda.
Cuando salieron del edificio, el cielo comenzaba a oscurecerse.
Luca abrió la puerta del automóvil.
—¿Qué piensa hacer ahora?
Alessandro miró la llave.
—Encontrar a Carmen.
La llamada se realizó desde un teléfono seguro.
El número de la nota seguía activo, aunque nadie respondió durante los primeros intentos. Alessandro dejó un mensaje breve, sin mencionar su nombre completo.
—Soy Alessandro Rizzano. Encontré la llave que dejó Isabella. Necesito hablar con usted.
No voy a obligarla a regresar ni a revelar nada que no quiera contar. Pero mi hija está en peligro, y creo que usted sabe por qué.
Colgó.
Diez minutos después, recibió una respuesta.
*«No puedo hablar con usted por teléfono. Si realmente encontró la llave, vaya mañana a las seis de la tarde al invernadero del parque Lincoln. Venga solo».*
Alessandro leyó el mensaje.
Luca, sentado frente a él, negó con la cabeza.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Podría ser una trampa.
—Podría ser la única oportunidad de encontrar a Carmen.
Luca se inclinó hacia delante.
—No puede ir solo.
Alessandro miró el teléfono.
—No voy a llevar guardaespaldas dentro del invernadero. Pero habrá gente vigilando desde fuera, a una distancia que ella no pueda detectar.
Luca asintió lentamente.
—Y si no aparece…
—Entonces seguiremos buscando.
Esa noche, Alessandro regresó a casa antes de la cena.
Livia estaba sentada en la alfombra, construyendo una torre con bloques de madera. Cuando lo vio, dejó caer dos piezas y corrió hacia él.
—¡Papá!
Él la levantó y la besó en la mejilla.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Hice una torre más alta que Rosalie.
La empleada, que estaba colocando los platos sobre la mesa, sonrió.
—Eso es cierto, señor. Pero también derribó la mía tres veces.
Livia soltó una carcajada.
Alessandro la abrazó un poco más fuerte.
Durante un instante, deseó que el mundo pudiera quedarse así: una casa tranquila, una niña riendo y ninguna amenaza escondida en los pasillos.
Pero la fotografía de Isabella seguía en su bolsillo.
La llave seguía sin explicación.
Y alguien había pasado años intentando impedir que la verdad saliera a la luz.
—Papá —dijo Livia, tocándole la cara—. ¿Por qué estás pensando tanto?
Alessandro sonrió.
—Porque tengo algunas cosas que resolver.
—¿Son cosas de adultos?
—Sí, principessa.
La niña le rodeó el cuello con los brazos.
—Entonces resuélvelas rápido y vuelve conmigo.
Él apoyó la frente contra la suya.
—Eso haré.
Más tarde, cuando Livia se durmió, Alessandro regresó a su despacho y abrió el sobre que había encontrado en el refugio.
Examinó la llave bajo una lámpara y descubrió una pequeña inscripción en el metal.
*B-17.*
No era un número de habitación.
Era una referencia de archivo.
Alessandro llamó a Daniel.
—Necesito que busques todos los depósitos de documentos privados asociados a Isabella. Bancos, cajas de seguridad, archivos jurídicos. Cualquier lugar donde pudiera haber guardado algo con una etiqueta B-17.
—¿Hay algo más que deba saber?
Alessandro miró la fotografía de su esposa.
—Creo que Carmen Salazar no desapareció por miedo a Victoria Moretti.
—¿Entonces por qué?
Él guardó la llave.
—Porque alguien le hizo creer que, si hablaba, Livia moriría.
En ese instante, el teléfono volvió a vibrar.
Era un mensaje de un número desconocido.
*«Mañana no vaya al invernadero. Carmen no estará allí».*
Alessandro se quedó inmóvil.
Un segundo mensaje apareció inmediatamente después.
*«Pregúntele a Rosalie qué encontró debajo de la cama de Isabella la mañana del accidente».*
Alessandro levantó lentamente la mirada hacia la puerta.
Rosalie había trabajado para Isabella durante años.
Había protegido a Livia cuando nadie más lo hizo.
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Y, sin embargo, alguien acababa de insinuar que la empleada sabía algo sobre la última mañana de su esposa que jamás le había contado.
Por primera vez, Alessandro se preguntó si la verdad que llevaba años buscando había estado dentro de su propia casa desde el principio.