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Chapter 3: ¿De qué boda estás hablando?

—¡Suéltame la mano!

Bianca intentó retirarla, pero Alessandro ya había deslizado el anillo de compromiso sobre su nudillo.

No necesitó fuerza excesiva. El diamante salió con facilidad.

Durante varios segundos, ninguno de los presentes habló.

La piedra capturó la luz de las lámparas y proyectó un destello sobre el tocador, donde las máquinas eléctricas descansaban entre polvos compactos rotos y pinceles caídos.

Alessandro dejó el anillo junto a ellas.

El pequeño sonido del metal contra la superficie pareció más fuerte que el llanto que todavía escapaba de la garganta de Livia.

Bianca miró su dedo desnudo.

Después miró a Alessandro.

—¿Qué estás haciendo?

Él no contestó de inmediato. Se volvió hacia su hija, que permanecía junto a Rosalie.

—Rosalie, llévala al sofá, por favor. Quédate con ella.

—Sí, señor.

—Y busca una manta. No quiero que pase frío.

Rosalie asintió y condujo a Livia hasta el sofá situado junto a la ventana. La niña se sentó sobre los cojines, pero no soltó la mano de la empleada.

—¿Papá va a quedarse conmigo? —preguntó en voz baja.

Alessandro se acercó y se arrodilló frente a ella.

—Voy a estar aquí, principessa.

—¿No te vas a ir a la boda?

La pregunta le atravesó el pecho.

Él le apartó con cuidado un rizo de la frente, evitando la zona donde el cabello había sido cortado.

—Ahora mismo, lo único importante eres tú.

Livia lo observó con sus enormes ojos oscuros.

—¿Estás enojado conmigo?

Alessandro sintió que una parte de su corazón se hacía pedazos.

—No, mi amor. Nunca por esto.

—Bianca dijo que era mala.

—Bianca estaba equivocada.

—¿Aunque lloré?

—Aunque llores. Aunque grites. Aunque tengas miedo. Siempre puedes venir conmigo.

La pequeña se lanzó a sus brazos.

Alessandro la abrazó durante varios segundos, acariciándole la espalda hasta que sus sollozos comenzaron a disminuir.

Cuando se levantó, su expresión había cambiado.

La ternura seguía allí, reservada para su hija. Pero cuando se volvió hacia Bianca, su rostro quedó completamente inexpresivo.

—Ahora vamos a hablar de la boda.

Bianca se llevó una mano al pecho.

—Por fin. Porque esto ya es ridículo. Necesito que le expliques a Rosalie que no puede desafiarme en mi propia suite y que tú no puedes quitarme un anillo como si yo fuera una desconocida.

Alessandro ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Tu propia suite?

—Es la suite nupcial. Mi suite.

—¿Y eso te da derecho a hacer lo que quieras con mi hija?

—¡No hice nada que no pudiera corregirse!

Alessandro señaló los mechones que cubrían la alfombra.

—Entonces dime cómo vas a corregir esto.

Bianca miró el cabello caído.

Por primera vez, pareció incómoda. No por el sufrimiento de Livia, sino porque la escena ya no podía ocultarse debajo de una alfombra ni cubrirse con una sonrisa.

—Podemos llamar a un estilista infantil —dijo—. Hay excelentes profesionales en la ciudad. Le harán un corte bonito y nadie notará nada.

Rosalie cerró los ojos brevemente.

Alessandro permaneció inmóvil.

—¿Eso es lo que tienes que decir?

—Estoy intentando resolverlo.

—No. Estás intentando esconderlo.

Bianca dejó escapar una risa nerviosa.

—Alessandro, por favor. Los invitados ya están sentados. El alcalde está aquí.

Tu tío ha venido desde Nueva York. Hay empresarios que volaron desde Londres. ¿Tienes idea de lo que significaría cancelar ahora?

—Sí.

—¡Entonces compórtate como un hombre razonable!

La palabra quedó suspendida en el aire.

Uno de los guardias bajó la mirada. El otro mantuvo una expresión impenetrable, aunque sus hombros se habían tensado.

Bianca, demasiado alterada para advertirlo, siguió hablando.

—He dedicado meses a esta boda. Elegí cada flor, cada invitación, cada detalle. He soportado tus ausencias, tus reuniones a medianoche y tus llamadas misteriosas.

He aceptado que tu hija ocupe cada segundo de tu vida. ¿Y todo esto por unos mechones de cabello?

Alessandro la escuchó sin interrumpirla.

Cuando terminó, él preguntó:

—¿Has terminado?

Bianca respiró profundamente.

—No. Quiero que te disculpes conmigo.

Rosalie levantó la cabeza de golpe.

Incluso Livia dejó de sollozar durante un instante.

Alessandro miró a su prometida como si acabara de pronunciar una frase en un idioma que él no conocía.

—¿Quieres que me disculpe contigo?

—Sí. Me has insultado, me has quitado el anillo y has destruido mis cosas. No voy a tolerar que me trates de esta manera.

Alessandro soltó una risa breve, sin humor.

—Tus cosas.

—¡Sí, mis cosas!

—¿Y qué hay de mi hija?

Bianca apretó los puños.

—Tu hija necesita límites.

—Los límites se enseñan con paciencia. No con máquinas eléctricas.

—No sabes cómo es vivir con ella todos los días.

Alessandro se quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

Bianca comprendió demasiado tarde que había pisado terreno peligroso, pero su orgullo no le permitió retroceder.

—Digo que tú siempre estás ocupado. Yo soy quien tendrá que convivir con ella. No puedo pasar el resto de mi vida compitiendo con una niña por tu atención.

El silencio se volvió insoportable.

Alessandro había escuchado confesiones de hombres que sabían que no tenían salida. Había visto a socios admitir traiciones que juraban imposibles. Había aprendido a reconocer el instante exacto en que una persona revelaba su verdadera naturaleza.

Aquello era ese instante.

Bianca no había actuado por accidente.

No se le había resbalado la mano. No había confundido las máquinas con un cepillo. No había intentado ayudar a una niña que se movía demasiado.

Había querido imponer su autoridad.

Quería que Livia entendiera, antes de la boda, que su lugar en la familia dependería de la voluntad de Bianca.

Y había escogido el cabello de una pequeña de tres años para demostrarlo.

—¿Competir con ella? —repitió Alessandro.

Bianca tragó saliva.

—No quise decirlo de esa manera.

—¿De qué manera lo quisiste decir?

—Alessandro…

—Respóndeme.

Ella miró hacia la puerta, como si esperara que alguien entrara para poner fin a la conversación.

Nadie lo hizo.

—Solo necesito que entiendas que, cuando nos casemos, las cosas tienen que cambiar —dijo al fin—. Esta casa no puede girar alrededor de Livia para siempre. Algún día tendremos nuestros propios hijos. Necesito que me consideres tu familia también.

Alessandro la observó con una calma que resultaba mucho más inquietante que cualquier amenaza.

—¿Y creíste que asustarla te ayudaría a conseguirlo?

—No la asusté a propósito.

Desde el sofá, Livia susurró:

—Me dijo que mi papá ya no me iba a querer si seguía llorando.

La habitación pareció perder todo el aire.

Alessandro volvió lentamente la cabeza.

—¿Qué dijo?

Rosalie se agachó junto a la niña.

—Eso fue lo que le dijo, señor. También le aseguró que, después de la boda, usted tendría cosas más importantes que hacer.

Bianca palideció.

—¡Está mintiendo!

—No, señorita —respondió Rosalie, con la voz temblorosa pero firme—. Yo estaba aquí. La escuché.

—¡Tú no eres nadie para cuestionarme!

Alessandro levantó una mano.

Bianca se calló de inmediato.

—Basta.

Él caminó hasta el tocador, recogió el anillo de compromiso y lo sostuvo entre los dedos.

—Durante meses, me dijiste que querías construir una familia conmigo.

—Y es verdad.

—Me dijiste que amabas a Livia.

Bianca no respondió.

—Me dijiste que comprendías que mi hija siempre sería mi prioridad.

—Lo comprendo.

—Entonces, ¿por qué acabas de demostrar exactamente lo contrario?

Ella empezó a llorar, pero sus lágrimas no lograron suavizar la expresión de Alessandro.

—Porque estoy bajo mucha presión —dijo—. Todo el mundo espera que sea perfecta. Tu familia me observa.

Tus socios me juzgan. Los periódicos hablan de mí como si fuera una mujer que solo quiere tu dinero. He tenido que demostrar que puedo estar a tu lado.

—¿Y elegiste demostrarlo lastimando a una niña?

—¡No pensé que reaccionarías así!

Aquella respuesta lo dejó en silencio.

No había dicho que lo lamentaba.

No había preguntado si Livia estaba herida.

No había ofrecido disculpas a la pequeña.

Solo estaba sorprendida de que sus actos tuvieran consecuencias.

Alessandro dejó el anillo sobre la mesa, exactamente donde había estado antes.

Luego se volvió hacia ella.

—Bianca Moretti, mírame.

Ella levantó el rostro.

—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando te pedí que te casaras conmigo?

Bianca se secó las mejillas con cuidado de no estropear el maquillaje.

—Me dijiste que querías pasar el resto de tu vida conmigo.

—Te pregunté si estabas preparada para aceptar a Livia como parte inseparable de mi vida.

—Y te dije que sí.

—Te pregunté si alguna vez la harías sentir que tenía que ganarse mi amor.

Bianca guardó silencio.

Alessandro dio un paso hacia ella.

—Me prometiste que jamás usarías mi relación con mi hija para conseguir lo que quisieras.

—Estaba enfadada.

—¿Y por eso le cortaste el cabello?

—¡Ya te dije que no pensé que fuera a ser tan grave!

Él miró las máquinas, el maquillaje desparramado y los mechones oscuros sobre el suelo.

—No, Bianca. Tú pensaste que podías hacerlo porque creíste que yo nunca te castigaría por ello.

Ella abrió los ojos.

—¿Castigarme?

Alessandro no levantó la voz.

—Pensaste que el vestido, los invitados y el dinero invertido me obligarían a casarme contigo. Pensaste que cancelar esta boda sería más humillante para mí que permitirte entrar en mi casa después de lo que hiciste.

Bianca retrocedió.

—No puedes cancelar nuestra boda por una rabieta.

Alessandro la miró fijamente.

—¿Una rabieta?

—¡Sí! ¡Una rabieta de una niña que necesita aprender a obedecer!

Livia volvió a esconder la cara en el hombro de Rosalie.

Alessandro sintió que la última duda desaparecía.

Se acercó a Bianca hasta quedar a unos pasos de distancia. Ella intentó sostenerle la mirada, pero terminó desviándola hacia el anillo que descansaba junto a las máquinas.

—Te voy a hacer una pregunta —dijo él—. Quiero que pienses muy bien antes de contestar.

Bianca tragó saliva.

—¿Qué pregunta?

Alessandro señaló la puerta que conducía al salón de la ceremonia.

—Si crees que puedes tratar a mi hija como a un animal para demostrar quién manda en mi casa, entonces explícame una cosa.

Hizo una pausa.

—¿De qué boda estás hablando, Bianca?

Ella dejó de respirar durante un instante.

Afuera, la música comenzó a sonar.

Era la señal de que los invitados debían ponerse de pie. Las puertas del salón estaban a punto de abrirse. Cientos de personas esperaban a la novia, convencidas de que en unos minutos verían a Alessandro Rizzano pronunciar sus votos.

Bianca miró su vestido blanco, luego el anillo sobre la mesa y finalmente al hombre que había planeado convertir en su esposo.

—Alessandro, no te atreverías…

Él se volvió hacia sus guardias.

—Cierren el acceso a la suite. Nadie entra sin mi autorización.

—Sí, señor —respondió uno de ellos.

—Y llamen a mi abogado. Ahora.

Bianca retrocedió hasta chocar con la silla del tocador.

—¿Qué vas a hacer?

Alessandro tomó a Livia en brazos. La niña se acomodó contra su pecho y escondió la cara bajo su barbilla.

Él le besó la frente.

Después miró a Bianca por última vez.

—Voy a asegurarme de que mi hija nunca vuelva a tener miedo de ti.

En ese momento, uno de los teléfonos de seguridad vibró.

El guardia lo revisó y se acercó a Alessandro con una expresión que no supo disimular.

—Señor, tenemos un problema.

Alessandro no apartó la mirada de Bianca.

—Habla.

—Su futura suegra acaba de llegar al salón. Está diciendo a los invitados que la boda debe continuar, pase lo que pase. Y asegura que tiene algo que usted no puede permitirse que salga a la luz.

Bianca dejó de llorar.

Por primera vez, una sombra de alivio cruzó su rostro.

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Alessandro lo notó.

Y comprendió que el cabello cortado de su hija quizá no había sido el único secreto que su prometida pretendía llevar consigo al altar.

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