Chapter 13: El hermano que volvió de la muerte

Alessandro Rizzano había pasado siete años visitando una tumba que quizá no contenía los restos de su hermano.
Siete años llevando flores a un nombre grabado en mármol. Siete años recordando la última discusión que tuvieron, la última llamada que no contestó y las palabras que nunca pudo decirle antes de despedirse de él para siempre.
Y ahora Carmen Salazar afirmaba que Gabriel había sacado a Livia del automóvil antes de que llegara la policía.
Alessandro leyó la nota una vez más.
Después miró a Elena Vargas, que permanecía sentada frente a él, pálida y silenciosa.
—Quiero ver a Carmen.
—Está en una clínica privada —respondió Elena—. La policía ya está allí.
—Entonces iremos ahora.
Elena se levantó.
—Alessandro, si Gabriel realmente sobrevivió, no sabemos de qué lado está.
Él guardó la nota en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Es mi hermano.
—Precisamente por eso debe tener cuidado.
Alessandro la miró con una dureza que hizo que Elena bajara la voz.
—No me pida que trate a mi hermano como a un desconocido antes de saber qué ocurrió.
—No le estoy pidiendo eso. Le estoy diciendo que alguien ha mentido durante siete años, y todavía no sabemos quién empezó.
Alessandro no respondió.
Tomó las llaves y salió del despacho.
La clínica estaba ubicada en las afueras de Chicago, detrás de una hilera de árboles que ocultaban parcialmente el edificio desde la carretera.
Dos agentes custodiaban la entrada principal. Luca habló con ellos antes de permitir que Alessandro se acercara a la habitación.
Carmen estaba despierta, aunque tenía un vendaje alrededor de la cabeza y una vía conectada al brazo.
Cuando lo vio entrar, intentó incorporarse.
—No se levante —dijo Alessandro.
Ella obedeció lentamente.
Durante unos segundos se miraron sin hablar. Carmen había envejecido, pero Alessandro reconoció en sus ojos a la mujer que tantas veces había llevado a Livia en brazos cuando Isabella todavía vivía.
—Señor Rizzano —susurró ella.
—Carmen, necesito que me diga la verdad.
La mujer cerró los ojos.
—He querido hacerlo durante años.
—Entonces empiece por mi hermano.
Carmen abrió los ojos y miró hacia la puerta, como si temiera que alguien pudiera estar escuchando.
—¿Su hija está a salvo?
La pregunta tomó a Alessandro por sorpresa.
—Sí. Está en casa, protegida.
—¿Y Rosalie?
—También.
Carmen soltó el aire lentamente.
—Entonces quizá todavía tengamos una oportunidad.
Alessandro acercó una silla a la cama.
—¿Gabriel estaba en el lugar del accidente de Isabella?
—Sí.
—¿Por qué?
Carmen se humedeció los labios.
—Porque Isabella lo llamó esa mañana. Le dijo que necesitaba verlo antes de que alguien destruyera los documentos que había reunido.
Alessandro sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—¿Mi hermano estaba ayudando a Isabella?
—Al principio, no. Gabriel trabajaba con Richard Cole. Había firmado algunos documentos sin comprender que estaban siendo utilizados para desviar dinero de las empresas familiares. Cuando Isabella descubrió lo que ocurría, le dio la oportunidad de ayudarla a demostrarlo.
—¿Y aceptó?
—Sí. Pero Richard se enteró.
Carmen hizo una pausa para recuperar el aliento.
—El día del accidente, Gabriel llegó a la carretera antes que los servicios de emergencia. Encontró el automóvil de Isabella junto a la cuneta. Ella todavía estaba consciente, pero estaba gravemente herida.
Alessandro apretó las manos.
—¿Y Livia?
—Estaba en su asiento infantil, llorando. Gabriel la sacó del automóvil y la llevó lejos del vehículo por miedo a que hubiera un incendio. Después intentó regresar por Isabella.
—¿Qué pasó entonces?
Carmen comenzó a llorar.
—Llegaron dos hombres. Uno se llevó a la niña con ayuda de una mujer que estaba esperando en otro automóvil. El otro golpeó a Gabriel y lo dejó inconsciente.
Alessandro se levantó de golpe.
—¿Quién se llevó a mi hija?
—No lo sé con certeza. Isabella me había dicho que Victoria Moretti estaba intentando conseguir documentos relacionados con el fideicomiso. Pero los hombres que llegaron a la carretera no llevaban uniformes ni insignias.
—¿Cómo terminó Livia de regreso con nosotros?
—Una de las mujeres que participó en aquello se arrepintió. Dejó a Livia en la entrada de la mansión antes del amanecer y desapareció. Nunca supe su nombre.
Alessandro recordó que, después del accidente, los investigadores habían asegurado que Livia había sido encontrada ilesa cerca del vehículo de Isabella. Él nunca había cuestionado esa parte del informe porque estaba demasiado ocupado intentando aceptar la muerte de su esposa.
—¿Y Gabriel?
Carmen bajó la mirada.
—Despertó en un hospital privado. Tenía una lesión en la cabeza y no recordaba todo lo ocurrido. Cuando recuperó la memoria, descubrió que los registros lo identificaban como Richard Cole.
Alessandro se quedó inmóvil.
—¿Cómo pudo ocurrir eso?
—Richard había preparado documentos falsos. Uno de los hombres que trabajaba para él murió aquella misma noche, y alguien utilizó sus datos para registrar el ingreso de Gabriel. Después, cuando su hermano intentó comunicarse con usted, le dijeron que Alessandro Rizzano había ordenado que no lo dejaran acercarse.
El silencio se volvió insoportable.
—Yo jamás di esa orden.
—Gabriel terminó comprendiéndolo, pero ya era demasiado tarde. Alguien había presentado pruebas falsas que lo vinculaban con las transferencias ilegales. Si aparecía, lo arrestarían antes de que pudiera explicar lo sucedido.
Alessandro caminó hasta la ventana.
Durante siete años había creído que su hermano estaba muerto.
Gabriel, por su parte, había vivido creyendo que su hermano lo consideraba un traidor.
Dos hombres separados por una mentira que ninguno había tenido la oportunidad de cuestionar.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Alessandro.
Carmen negó con la cabeza.
—No lo sé. La última vez que lo vi fue hace tres meses.
Alessandro se volvió.
—¿Hace tres meses?
—Me buscó porque había descubierto que Isabella dejó una copia de los documentos en un lugar que nadie había revisado. Quería entregárselos a usted.
—¿Y por qué no lo hizo?
Carmen apretó los labios.
—Porque alguien le envió una fotografía de Livia saliendo de la escuela.
Alessandro sintió que la rabia le quemaba el pecho.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero Gabriel creyó que, si aparecía, pondría a su sobrina en peligro.
Carmen metió la mano bajo la manta y sacó un pequeño sobre.
—Me dejó esto. Me pidió que se lo entregara si alguna vez usted descubría la verdad.
Alessandro lo tomó.
En el interior había una llave metálica y una hoja doblada.
La letra era inconfundible.
La misma letra que aparecía en las tarjetas de cumpleaños que Gabriel le había enviado cuando eran jóvenes.
Alessandro:
Si estás leyendo esto, significa que alguien finalmente te contó lo que ocurrió aquella noche. No espero que me perdones por haber desaparecido. Sé que debí encontrar la manera de llegar hasta ti.
Pero hay algo que necesitas entender: Isabella no fue la única persona a la que intentaron silenciar.
La llave abre una caja de seguridad en una estación ferroviaria antigua. Allí encontrarás los documentos que demuestran quién organizó el accidente y quién pagó para que nos declararan muertos a los dos.
No confíes en las pruebas que parezcan demasiado fáciles.
Y, sobre todo, no permitas que Livia escuche la verdad antes de estar preparado para explicársela.
Tu hermano, Gabriel.
Alessandro leyó la carta dos veces.
Después guardó la llave.
—¿Sabe qué estación es?
Carmen asintió débilmente.
—La antigua terminal de mercancías del oeste. Gabriel la utilizaba cuando trabajaba con Richard.
Alessandro se acercó a la cama.
—Voy a encontrarlo.
Carmen lo sujetó de la muñeca.
—Señor, hay algo que no le he contado.
Él se detuvo.
—¿Qué?
La mujer lo miró con los ojos llenos de miedo.
—La noche antes de que me atacaran, recibí una llamada. Era Gabriel.
—¿Qué le dijo?
—Que había decidido regresar.
Alessandro sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Cuándo?
Carmen tragó saliva.
—Esta noche.
A las nueve y media, Alessandro reunió a Luca y Daniel en el despacho.
Sobre la mesa estaban la carta de Gabriel, la llave metálica y una copia de los documentos financieros relacionados con Richard Cole.
—Vamos a la estación —dijo Alessandro.
Daniel frunció el ceño.
—Si alguien sabe que Carmen está viva, probablemente también sabe que usted tiene esa llave.
—Lo sé.
—Entonces debemos avisar a las autoridades.
—Ya hay una investigación abierta. Pero no voy a esperar a que alguien decida si mi hermano merece ser escuchado.
Luca tomó la llave y la examinó.
—Puedo enviar un equipo por adelantado.
Alessandro negó con la cabeza.
—No quiero que nadie entre antes que nosotros. Si Gabriel dejó una advertencia, no pienso arriesgarme a destruir lo que intentó proteger.
Daniel lo observó durante unos segundos.
—¿Y si se trata de una trampa?
Alessandro guardó silencio.
Después respondió:
—Entonces sabremos quién tiene tanto miedo de que nos reunamos.
La antigua terminal estaba casi abandonada.
Las vías oxidadas desaparecían bajo la maleza, y las ventanas del edificio principal estaban cubiertas con tablones. El viento arrastraba papeles por el patio de carga.
Luca y otros dos hombres aseguraron los accesos mientras Alessandro y Daniel entraban por una puerta lateral.
La llave abrió una pequeña sala de almacenamiento.
Dentro había estanterías vacías, una mesa metálica y una fila de cajas numeradas.
La caja 17 estaba al fondo.
Alessandro introdujo la llave.
La cerradura giró.
En el interior encontró una carpeta, una memoria digital y un sobre con su nombre.
Daniel revisó primero los documentos.
—Transferencias, registros de llamadas, contratos falsificados… Esto puede demostrar el fraude.
Alessandro abrió el sobre.
Dentro había una fotografía de Gabriel junto a Isabella, tomada varios meses antes del accidente.
En el reverso, su hermano había escrito:
Ella sabía que uno de nosotros estaba en peligro. Pero nunca supo que el otro ya había sido comprado.
Alessandro levantó la mirada.
—¿Qué significa esto?
Daniel examinó la frase.
—Podría referirse a dos personas de la familia. Una amenazada y otra sobornada.
Antes de que Alessandro pudiera responder, se escuchó un golpe metálico al otro lado del pasillo.
Luca apareció en la puerta.
—Señor, tenemos movimiento en el exterior.
Alessandro guardó la fotografía.
—¿Cuántos?
—Dos vehículos. Sin matrículas visibles.
Las luces de los automóviles iluminaron las ventanas rotas.
Después, el teléfono de Alessandro vibró.
Un mensaje.
*«Salga de la estación. Gabriel no vendrá. Y si insiste en buscarlo, su hija pagará por los errores de su familia».*
Alessandro levantó la cabeza.
Desde algún lugar del edificio llegó un ruido.
Unos pasos lentos.
Una figura apareció al final del pasillo, iluminada por la luz de emergencia.
Era un hombre alto, con el cabello entrecano y una cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda.
Alessandro lo reconoció al instante.
Gabriel.
Su hermano se detuvo a pocos metros de él.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Después Gabriel miró la carpeta que Alessandro sostenía en las manos.
—Te dije que no confiaras en las pruebas demasiado fáciles.
Alessandro dio un paso hacia él.
—Gabriel…
Su hermano levantó una mano.
—No tenemos tiempo para abrazos. Nos están observando.
Alessandro sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero se obligó a permanecer firme.
—¿Quiénes?
Gabriel miró hacia la entrada.
—Los hombres que mataron a Isabella.
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Y entonces añadió algo que hizo que Alessandro olvidara durante un instante cómo respirar.
—Uno de ellos está dentro de tu casa.