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Chapter 5: La firma que nadie debía encontrar

Alessandro leyó el mensaje dos veces.

No porque no lo hubiera entendido, sino porque su mente se negaba a aceptar lo que aquellas palabras implicaban.

Seis meses.

La autorización había sido preparada seis meses antes de la boda.

Eso significaba que los Moretti no habían improvisado una oportunidad al conocer a Alessandro. Alguien había estado trabajando con ellos mucho antes de que él comenzara a considerar seriamente el matrimonio.

Su teléfono volvió a vibrar.

—¿Señor? —preguntó su abogado al otro lado de la línea—. ¿Está ahí?

—Estoy escuchando, Daniel.

—Necesito que me confirme si autorizó una revisión de las participaciones de Rizzano Logistics en abril.

Alessandro caminó hacia una sala privada junto al salón principal y cerró la puerta.

—No autoricé ninguna transferencia a una sociedad vinculada con los Moretti.

—Eso es lo que sospechaba. Pero el expediente incluye una autorización preliminar con una firma que parece legítima.

—¿De quién?

Hubo una pausa.

—De su primo, Matteo Rizzano.

Alessandro dejó el teléfono sobre la mesa durante un instante.

Matteo.

Su primo había crecido en la misma casa que él después de que la madre de Matteo muriera. Habían compartido escuela, comidas familiares y los largos silencios de un padre que nunca demostraba cariño.

Cuando Alessandro heredó el control de los negocios familiares, Matteo se convirtió en su asesor de confianza. Era el hombre que conocía sus contraseñas de emergencia, sus horarios y los nombres de las personas que podían entrar en sus oficinas sin anunciarse.

Alessandro jamás lo había considerado un hombre inocente.

Pero sí un hombre leal.

—¿La firma está verificada? —preguntó.

—Todavía no. La copia es de buena calidad, pero necesito el original. También hay una cláusula que no me gusta. Si se celebra el matrimonio, la sociedad beneficiaria obtiene derecho a solicitar una auditoría extraordinaria de determinadas operaciones logísticas.

—¿Y si no se celebra?

—La transferencia queda suspendida, al menos según esta versión del contrato.

Alessandro miró por la ventana.

Abajo, varios empleados retiraban discretamente los arreglos florales del salón. Los músicos habían dejado de tocar. Los invitados comenzaban a marcharse, algunos indignados, otros encantados de tener una historia que contar durante meses.

—Daniel, quiero una auditoría independiente de todos los documentos relacionados con esta operación. No utilices a nadie de mi oficina habitual.

—Entendido.

—Y otra cosa: no llames a Matteo.

—¿Cree que está involucrado?

Alessandro apretó la mandíbula.

—Creo que alguien quiere que piense eso. No voy a cometer el error de advertirle antes de conocer la verdad.

Terminó la llamada.

Durante unos segundos, permaneció inmóvil.

Después recordó el rostro de Livia cuando le había preguntado si él estaba enojado con ella.

Aquella era la parte que más le dolía.

Mientras él revisaba contratos, negociaba inversiones y resolvía disputas entre socios, alguien había conseguido acercarse a su hija lo suficiente para hacerla sentir indeseada en su propio hogar.

Había dejado que Bianca entrara en sus vidas porque creyó que ella entendía el significado de una familia.

No volvería a cometer el mismo error.

En la suite privada, Livia estaba sentada sobre una manta color crema mientras la doctora Bennett examinaba cuidadosamente su cuero cabelludo.

La médica tenía una voz tranquila y unas manos cálidas. Había atendido a la niña desde que Alessandro la llevó por primera vez al pediatra, cuando todavía cabía casi entera en el hueco de su brazo.

—¿Te duele aquí, cariño? —preguntó mientras revisaba una zona irritada.

Livia negó con la cabeza.

—¿Y aquí?

La pequeña dudó.

—Un poquito.

La doctora se inclinó para observar mejor.

—No veo heridas importantes, pero la piel está irritada. Vamos a limpiarla con mucho cuidado, ¿de acuerdo?

Livia miró a Rosalie.

—¿Va a cortarme más?

—No, tesoro —respondió la médica—. No voy a cortarte nada.

—¿Me va a crecer otra vez?

La doctora Bennett intercambió una mirada con Rosalie.

—Sí. Tu cabello volverá a crecer. Puede tardar un poco, pero crecerá.

Livia bajó los ojos hacia sus zapatos blancos.

—¿Y si mi papá no me reconoce?

Rosalie sintió que se le cerraba la garganta.

Se sentó a su lado y le tomó la mano.

—Tu papá te reconocería aunque estuvieras cubierta de pintura de pies a cabeza.

Livia frunció la nariz.

—¿Aunque fuera verde?

—Aunque fueras verde, azul y morada.

La pequeña soltó una risa débil.

Era la primera desde que había comenzado aquella pesadilla.

En ese momento, Alessandro entró.

No llevaba el sobre ni el teléfono en la mano. Se había quitado la chaqueta y aflojado la corbata. Por primera vez aquella mañana, parecía un padre agotado en lugar de un hombre acostumbrado a dirigir a decenas de personas.

Livia lo vio y levantó los brazos.

—¡Papá!

Alessandro cruzó la habitación y la levantó con cuidado.

—Aquí estoy, principessa.

La niña le tocó la mejilla.

—¿Ya terminó la boda?

Él le acarició la espalda.

—Sí, mi amor. No habrá boda hoy.

—¿Porque lloré?

Alessandro cerró los ojos.

—No. Escúchame bien, Livia. La boda no terminó por ti.

Terminó por las decisiones de los adultos. Nada de esto es tu culpa.

—Pero Bianca dijo que hice algo malo.

—Bianca se equivocó.

Livia guardó silencio.

Luego preguntó algo que él no había esperado.

—¿Todavía puedes querer a alguien si esa persona no quiere tu cabello?

Alessandro sintió que la pregunta le abría una herida que no sabía que tenía.

La sentó sobre sus rodillas y le acomodó el vestido.

—Puedes querer a alguien sin que esa persona te quiera de la misma manera. Pero eso no significa que tengas que dejar que te lastime.

—¿Y si esa persona vive en tu casa?

—Entonces yo tengo que asegurarme de que estés protegida.

Livia apoyó la cabeza contra su pecho.

—¿Puedo dormir contigo esta noche?

Alessandro le besó la frente.

—Y mañana también, si lo necesitas.

La doctora Bennett terminó de guardar sus instrumentos.

—No parece haber daño físico grave, Alessandro. Pero ha sufrido un susto considerable. Conviene que hoy permanezca con personas en quienes confíe y que no la presionen para hablar de lo ocurrido.

—Gracias, doctora.

Cuando la médica salió, Rosalie se acercó al padre y la hija.

—Señor, hay algo más que debería decirle.

Alessandro levantó la vista.

—Te escucho.

Rosalie respiró profundamente.

—Hace dos semanas, Bianca me pidió que sacara todos los dibujos de Livia de la sala principal. Dijo que la casa debía dejar de parecer una guardería antes de la boda.

Alessandro se quedó quieto.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que consultaría con usted.

—¿Y después?

—Ella me amenazó con despedirme si volvía a contradecirla.

Alessandro miró a Livia, que estaba jugando con el botón de su camisa.

—¿Quitaste los dibujos?

—No, señor. Los guardé en el armario de servicio para que no los encontrara.

Él asintió lentamente.

—Hiciste bien.

Rosalie pareció sorprendida.

—¿No está enojado conmigo por no habérmelo dicho antes?

—Estoy enojado porque una persona que quería formar parte de mi familia te hizo sentir que debías elegir entre conservar tu trabajo y proteger a mi hija.

La empleada bajó la mirada.

—No quería causarle problemas.

—No me causas problemas al decirme la verdad.

Alessandro se puso de pie con Livia en brazos.

—A partir de hoy, nadie te despedirá ni te amenazará sin que yo conozca los motivos. Y los dibujos de mi hija volverán a la sala principal.

Rosalie sonrió con los ojos húmedos.

—Gracias, señor.

—No me des las gracias todavía. Necesito que me ayudes a encontrar algo.

—Lo que necesite.

—Quiero saber si Bianca estuvo alguna vez a solas con Livia sin que nadie lo supiera.

Rosalie vaciló.

—No estoy segura.

—Piensa con cuidado.

La empleada recordó entonces una tarde de principios de septiembre. Había regresado de la lavandería y encontrado a Bianca en el pasillo del segundo piso, cerrando la puerta de la habitación infantil.

Cuando Rosalie preguntó qué hacía allí, Bianca respondió que estaba buscando una caja de zapatos.

En aquel momento, la explicación le había parecido extraña, pero no alarmante.

Ahora, sin embargo, recordaba algo más.

—Señor, una vez encontré a Bianca revisando el escritorio de su habitación. Cuando me vio, me preguntó si usted guardaba documentos importantes en casa.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace aproximadamente un mes.

Él miró hacia la puerta.

La investigación financiera ya no parecía un asunto separado de lo ocurrido con Livia.

Quizá ambas cosas formaban parte del mismo plan.

Una hora después, Alessandro regresó a su despacho privado del hotel.

Su abogado había llegado con una carpeta negra y una expresión grave. Sobre el escritorio colocó tres fotografías, una copia de la autorización financiera y un informe preliminar.

—Hay algo que debe ver —dijo Daniel.

Alessandro examinó las fotografías.

En la primera aparecía Bianca entrando en un restaurante de lujo. En la segunda, se encontraba sentada frente a un hombre de cabello gris. En la tercera, ambos intercambiaban un sobre.

—¿Quién es él? —preguntó Alessandro.

—Victor Hale. Consultor financiero. Ha trabajado con varias sociedades que investigan posibles oportunidades de inversión en empresas privadas.

—¿Y qué tiene que ver con los Moretti?

Daniel abrió la carpeta.

—Hace seis meses, Hale comenzó a reunirse con una sociedad registrada en Delaware. La misma que figura como beneficiaria de la transferencia.

Alessandro apoyó las manos sobre el escritorio.

—¿Tienes pruebas de que Bianca conocía la operación?

—Todavía no suficientes para demostrarlo en un proceso formal. Pero encontramos correos en los que se discute la estructura de la sociedad y se menciona que su matrimonio facilitaría el acceso a determinados activos.

—¿Quién envió los correos?

Daniel deslizó otra hoja hacia él.

El remitente era una cuenta privada asociada a una empresa de asesoría de los Moretti.

El destinatario, en cambio, no era Bianca.

Era Matteo Rizzano.

Alessandro sintió que el silencio llenaba la habitación.

—Quiero el original de la autorización —dijo—. Y quiero saber si Matteo firmó ese documento.

Daniel asintió.

—Hay otra cosa. La madre de Bianca ha solicitado una reunión con usted para mañana. Afirma que puede demostrar que la transferencia se discutió con su familia desde el principio.

Alessandro cerró la carpeta.

—Entonces mañana la escucharemos.

—¿Y si intenta utilizar la información para presionarlo?

Alessandro miró la fotografía de Bianca junto al desconocido.

—Que lo intente.

Su teléfono vibró una última vez.

Esta vez, el mensaje no procedía de su abogado.

Era de un número desconocido.

*«Si quieres saber por qué Bianca necesitaba casarse contigo antes de noviembre, deja de investigar a los Moretti y pregunta quién pagó la primera deuda de Matteo».*

Alessandro leyó el mensaje sin parpadear.

Luego miró la hora.

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Faltaban tres días para noviembre.

Y, por primera vez en muchos años, no estaba seguro de conocer realmente a las personas que llevaban su apellido.

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