Chapter 14: La verdad detrás de la puerta

Alessandro no abrazó a su hermano.
No porque no quisiera hacerlo, sino porque Gabriel seguía mirando hacia la entrada con la expresión de un hombre que esperaba un disparo en cualquier momento.
—¿Quién está en mi casa? —preguntó Alessandro.
Gabriel se acercó a la mesa y abrió la carpeta.
—Alguien que tiene acceso a tus cámaras, a tus horarios y a las rutinas de Livia. Alguien que sabe cuándo sales, cuándo regresas y quién se queda con tu hija.
Alessandro sintió que la sangre le golpeaba las sienes.
—Dime el nombre.
—Primero tenemos que salir de aquí.
Luca apareció en la puerta con el arma enfundada y una expresión tensa.
—Los vehículos están bloqueando la salida principal.
Gabriel miró hacia el techo.
—Hay un túnel de mantenimiento detrás de la sala de almacenamiento. Conecta con el antiguo patio ferroviario.
Alessandro lo miró con incredulidad.
—¿Cómo sabes eso?
Gabriel no respondió.
Se limitó a tomar la memoria digital y guardarla dentro de su chaqueta.
Daniel recogió los documentos.
—¿Podemos confiar en él? —preguntó en voz baja.
Alessandro miró a su hermano.
El hombre que tenía delante era mayor, más delgado y llevaba en el rostro las marcas de años de miedo y aislamiento. Pero seguía teniendo los mismos ojos con los que, de niños, lo había convencido de escaparse por la ventana para ir a nadar al lago.
—Sí —respondió Alessandro—. Por ahora.
Gabriel lo escuchó.
—No me debes confianza, Alessandro. Me debes preguntas.
—Te haré todas las que quiera cuando mi hija esté a salvo.
Por primera vez, Gabriel pareció relajarse.
—Entonces vamos.
El túnel desembocaba detrás de una antigua plataforma de carga.
Luca había logrado sacar a su equipo por una salida lateral, pero los vehículos seguían estacionados junto a la entrada principal.
Alessandro subió al automóvil con Gabriel y Daniel.
Mientras se alejaban de la terminal, observó a su hermano por el retrovisor.
—Creí que estabas muerto.
Gabriel mantuvo la mirada fija en la carretera.
—Yo también creí que no volvería a verte.
—¿Por qué no me buscaste?
Gabriel soltó una risa amarga.
—Lo intenté.
—Carmen dijo que te amenazaron con hacerle daño a Livia.
—Eso ocurrió después. Antes de eso, intenté llamarte desde el hospital. Me dijeron que habías ordenado que no me comunicaran contigo.
Alessandro apretó los dientes.
—Nunca di esa orden.
—Lo sé ahora.
—¿Cuándo lo supiste?
Gabriel tardó en responder.
—Hace dos años. Conseguí una copia de un registro telefónico que demostraba que alguien había interceptado mis llamadas. La orden no salió de tu despacho.
—¿De dónde salió?
Gabriel miró a su hermano.
—De una línea privada registrada a nombre de Victoria Moretti.
Alessandro sintió que las piezas encajaban con una precisión aterradora.
—¿Y por qué no regresaste entonces?
—Porque descubrí que Victoria no estaba actuando sola. Había alguien dentro de tu círculo que le entregaba información. Cada vez que me acercaba a una persona que podía ayudarme, esa persona desaparecía o recibía una amenaza.
—¿Matteo?
Gabriel negó con la cabeza.
—Matteo cometió errores. Aceptó dinero de Richard y firmó documentos que no debía firmar. Pero no creo que supiera lo que iban a hacer con Isabella.
Alessandro miró por la ventana.
—¿Y Bianca?
Gabriel se quedó callado.
—¿Qué sabes de ella? —insistió Alessandro.
—Que estaba destinada a casarse contigo mucho antes de que tú pensaras en proponerle matrimonio.
Alessandro se volvió hacia él.
—¿Qué significa eso?
—Victoria llevaba años buscando una forma de entrar en tu familia. Cuando Isabella descubrió las transferencias ilegales, Victoria comprendió que podía perderlo todo. Necesitaba acceso al fideicomiso de Livia y a tus empresas. Bianca fue la herramienta perfecta.
—¿Bianca sabía que Isabella iba a morir?
Gabriel cerró los ojos un instante.
—No tengo pruebas de que conociera el plan original. Pero sí tengo pruebas de que, después del accidente, ayudó a ocultar documentos.
Alessandro sintió una punzada de rabia.
—¿Y qué hay del accidente? ¿Fue provocado?
Gabriel respiró profundamente.
—No puedo demostrar que alguien ordenara chocar el automóvil. Lo que sí puedo demostrar es que Richard organizó una operación para recuperar los documentos de Isabella. Alguien la siguió aquella mañana. Después del accidente, varios hombres llegaron antes que la policía y manipularon el lugar.
—¿Quién conducía el otro vehículo?
Gabriel sacó una fotografía de su chaqueta.
Era una imagen borrosa de un hombre junto a una camioneta negra.
Alessandro la examinó.
—No reconozco a este hombre.
—Su nombre es Victor Hale.
El silencio llenó el automóvil.
Victor Hale, el hombre que había entregado el sobre a Matteo. El hombre cuyas empresas habían pagado al intruso que entró en la mansión.
—¿Hale estaba allí? —preguntó Alessandro.
—Sí. Pero no fue quien organizó todo.
Gabriel señaló la figura que aparecía detrás de Hale.
Una mujer.
El rostro estaba parcialmente cubierto, pero Alessandro reconoció la forma de la mandíbula y el cabello claro.
Victoria Moretti.
—Ella también estuvo en la carretera —murmuró.
—Sí.
Alessandro apretó la fotografía.
—Entonces tenemos que hacerla hablar.
Gabriel negó con la cabeza.
—No. Tenemos que conseguir que cometa un error que no pueda ocultar.
Cuando llegaron a la mansión, ya había oscurecido.
Luca los esperaba en la entrada con una noticia que hizo que Alessandro olvidara por un instante el regreso de su hermano.
—Señor, Rosalie llamó hace veinte minutos. Livia está bien, pero encontró a alguien en el jardín trasero.
Alessandro bajó del automóvil.
—¿Quién?
—Un hombre que intentaba abrir la puerta de servicio. Los guardias lo detuvieron. Llevaba una tarjeta de acceso temporal y una fotografía de la habitación de Livia.
Gabriel se acercó a su hermano.
—¿Te dije que alguien estaba dentro de tu casa?
Alessandro miró hacia las ventanas iluminadas.
—¿Dónde está Rosalie?
—En la sala, con la niña.
Alessandro entró de inmediato.
Livia corrió hacia él desde el sofá.
—¡Papá!
Él la levantó y la abrazó con fuerza.
—Estoy aquí, mi amor.
La niña apoyó la cabeza en su hombro.
—Rosalie dijo que teníamos que quedarnos lejos de las ventanas.
Alessandro miró a Rosalie.
—¿Qué pasó?
La mujer estaba pálida, pero mantenía una mano sobre la espalda de Livia.
—Escuché un ruido en el jardín. Cuando miré por la ventana, vi a un hombre cerca de la puerta. Llamé a los guardias y me llevé a Livia a la sala interior.
Gabriel permanecía junto a la entrada.
Livia lo miró con curiosidad.
—¿Quién es él?
Alessandro sintió un nudo en la garganta.
Durante siete años había pensado que nunca tendría que responder aquella pregunta.
—Es tu tío Gabriel.
La niña inclinó la cabeza.
—¿El hermano de papá?
Gabriel se arrodilló frente a ella.
—Sí, pequeña.
Livia lo observó unos segundos.
—¿Estabas perdido?
Gabriel bajó la mirada.
La pregunta de la niña pareció atravesarlo.
—Sí —respondió suavemente—. Estuve perdido durante mucho tiempo.
Livia extendió los brazos.
Gabriel la abrazó con cuidado.
Alessandro apartó la mirada, incapaz de soportar la emoción que le llenaba el pecho.
Su hermano había regresado.
Pero la amenaza seguía dentro de la casa.
Una hora después, Luca llevó al despacho al hombre detenido en el jardín.
Se llamaba Peter Sloan y había trabajado como contratista de seguridad para una de las empresas de Victor Hale.
Sobre la mesa colocaron su teléfono, una tarjeta de acceso y un sobre con fotografías.
Alessandro permaneció de pie.
—¿Quién te envió?
Peter apretó los labios.
—No sé de qué está hablando.
Gabriel colocó una fotografía delante de él.
Mostraba la entrada de la habitación de Livia.
—Entonces explícame por qué tienes esto.
Peter palideció.
—Me pagaron para verificar la seguridad del edificio.
—¿Quién te pagó?
El hombre miró a Alessandro.
—Una empresa de consultoría.
Daniel abrió una carpeta.
—La empresa recibió fondos de Moretti Strategic Holdings.
Peter comenzó a sudar.
—Yo solo recibí instrucciones.
—¿De quién?
El hombre guardó silencio.
Alessandro se inclinó hacia él.
—Alguien entró en mi casa y amenazó a mi hija. Si quieres salir de aquí sin que te acusen de participar en algo peor, será mejor que empieces a hablar.
Peter tragó saliva.
—Victor Hale me contrató. Pero él tampoco daba las órdenes finales.
—¿Quién lo hacía?
El hombre miró hacia la puerta.
—Una mujer.
Alessandro sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Victoria Moretti?
Peter negó lentamente.
—No.
Gabriel se acercó.
—¿Quién, entonces?
Peter bajó la voz.
—Bianca Moretti.
El silencio que siguió fue absoluto.
Alessandro recordó la expresión de Bianca cuando Livia lloró en la suite nupcial. Recordó su indiferencia, la crueldad con la que había cortado el cabello de una niña que solo quería ser querida.
Ahora comprendía que el desprecio no había sido un accidente.
Bianca había estado preparando su lugar dentro de la familia mientras eliminaba todo lo que consideraba un obstáculo.
—¿Qué quería de mi hija? —preguntó Alessandro.
Peter cerró los ojos.
—No lo sé. Me ordenaron fotografiar la habitación, comprobar los horarios de Rosalie y dejar un paquete si encontraba la oportunidad.
—¿Qué paquete?
Peter señaló el sobre.
Dentro había una copia de un documento legal relacionado con el fideicomiso de Livia.
Daniel lo examinó.
—Es una solicitud para modificar la administración del patrimonio.
Alessandro leyó la última página.
Su firma aparecía al final.
Pero él nunca había firmado aquel documento.
Gabriel observó el papel.
—Falsificaron tu firma.
Daniel asintió.
—Y la fecha es de hace tres semanas.
Alessandro sintió que la rabia se transformaba en una determinación fría.
—Quiero que todo esto se entregue a las autoridades. Sin excepciones.
Peter levantó la cabeza.
—No puede hacerlo. Si me entrega a la policía, Bianca sabrá que hablé.
—Ya lo sabe —respondió Alessandro.
En ese instante, el teléfono de Alessandro vibró.
Era un mensaje de Bianca.
*«Necesitamos hablar. Sé que Gabriel está vivo. Si quieres saber por qué Isabella murió, ven solo al hotel donde nos comprometimos».*
Gabriel leyó el mensaje por encima de su hombro.
—No vayas.
Alessandro guardó el teléfono.
—No pienso dejar que vuelva a acercarse a Livia.
—Eso no significa que debas presentarte solo.
Alessandro miró a su hermano.
—No voy a hacerlo. Pero Bianca cree que todavía puede manipularme. Quiero saber qué piensa confesar.
Daniel recogió los documentos.
—Podemos organizar la reunión bajo supervisión de las autoridades.
Alessandro asintió.
—Hazlo.
A las diez de la noche, Bianca llegó al hotel.
Llevaba un vestido negro y el cabello recogido. Parecía tranquila, pero sus manos temblaban ligeramente cuando se sentó frente a Alessandro.
—Pensé que no vendrías —dijo.
—Pensaste mal.
Bianca miró hacia la puerta.
—¿Está solo?
—Eso no te concierne.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Siempre tan desconfiado.
Alessandro dejó sobre la mesa la copia de la solicitud falsificada.
—¿Reconoces esto?
Bianca miró el documento.
Su rostro perdió el color.
—No sé de dónde lo sacaste.
—Tu firma aparece en la autorización de la empresa que compró el depósito de documentos. Tu nombre está relacionado con la solicitud para controlar el patrimonio de Livia. Y uno de tus contratistas fue detenido en mi jardín.
Bianca apretó los labios.
—Mi madre manejaba esas empresas.
—Pero tú firmaste los documentos.
Ella se inclinó hacia él.
—No sabes lo que estaba intentando hacer.
—Entonces explícamelo.
Bianca respiró profundamente.
—Mi madre me dijo que, si me casaba contigo, podría proteger a nuestra familia de la ruina. Me aseguró que solo necesitábamos acceder a algunos documentos. Que Isabella había dejado todo preparado para perjudicarnos.
Alessandro la miró sin pestañear.
—¿Y le creíste?
—Sí.
—¿Sabías que estaba amenazando a mi esposa?
Bianca bajó la mirada.
—No al principio.
—¿Cuándo lo supiste?
Ella comenzó a llorar.
—Después del accidente.
Alessandro sintió que algo dentro de él se endurecía.
—¿Qué hiciste?
Bianca se cubrió el rostro.
—Mi madre me pidió que encontrara los documentos que Isabella había escondido. Me dijo que, si no lo hacía, todos perderíamos nuestra posición. Yo encontré algunas cartas, pero no sabía dónde estaban las demás.
—¿Y Livia?
Bianca levantó la cabeza.
—Nunca quise hacerle daño.
Alessandro golpeó la mesa con la palma.
—Le cortaste el cabello. La humillaste. La hiciste creer que era una molestia en su propia casa.
Bianca comenzó a sollozar.
—Estaba enojada. No soportaba que todos siguieran viendo a Isabella en ella.
—Livia no es Isabella.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Si lo supieras, jamás habrías tratado a una niña de tres años de esa manera.
Bianca guardó silencio.
Alessandro se levantó.
—La policía ya tiene los documentos. No volverás a acercarte a mi hija.
Ella lo sujetó de la manga.
—Espera. Hay algo que debes saber.
Alessandro apartó la mano de ella.
—Habla.
Bianca miró hacia la puerta, aterrorizada.
—Mi madre no ordenó el accidente.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Victoria quería los documentos, pero no esperaba que Isabella muriera. El hombre que organizó todo fue Richard Cole.
Alessandro sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—Richard está muerto.
Bianca negó desesperadamente.
—No. Sigue vivo. Y mi madre lo ha estado protegiendo porque él tiene pruebas de que ella también participó en el fraude.
Alessandro se inclinó hacia ella.
—¿Dónde está?
Bianca comenzó a temblar.
—No lo sé. Pero sé quién puede encontrarlo.
—¿Quién?
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Mi madre.
Alessandro se volvió para marcharse.
Entonces Bianca pronunció una última frase.
—Y hay algo más, Alessandro. Richard no intentó matar a Isabella porque ella descubriera el fraude.
Él se detuvo.
—¿Por qué, entonces?
Bianca tragó saliva.
—Porque Isabella descubrió que Richard era el padre biológico de Livia.
Alessandro sintió que el mundo se detenía.
Durante un instante no pudo escuchar nada.
Ni el sonido del aire acondicionado, ni los pasos de los agentes detrás de la puerta, ni siquiera la respiración entrecortada de Bianca.
Solo aquellas palabras.
El padre biológico de Livia.
Alessandro se volvió lentamente.
—¿Qué acabas de decir?
Bianca se cubrió la boca.
—Mi madre me obligó a guardar ese secreto. Isabella descubrió una prueba genética y amenazó con denunciar a Richard. Por eso él necesitaba recuperar los documentos antes de que llegaran a la policía.
Alessandro sintió que las manos le temblaban.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Él retrocedió un paso.
Su hija.
La niña a la que había amado desde el primer segundo de su vida.
La niña por la que había construido un mundo entero.
Bianca comenzó a llorar con más fuerza.
—Pero hay algo que mi madre nunca me explicó. Isabella estaba convencida de que Livia era hija tuya. Decía que las pruebas que había encontrado eran falsas.
Alessandro se quedó inmóvil.
—¿Y tú qué crees?
Bianca no respondió.
Porque en ese momento, el teléfono de Alessandro vibró.
Era Gabriel.
Un solo mensaje.
*«No creas lo que te dijo Bianca. Encontré el informe original. Livia es tu hija. Y Richard Cole es el hombre que intentó arrebatártela».*
Alessandro levantó la mirada hacia Bianca.
Por primera vez desde que la conocía, ella parecía más aterrorizada que culpable.
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Y entonces, detrás de la puerta, se escuchó la voz de uno de los agentes.
—¡Señor Rizzano, tenemos un problema! ¡Victoria Moretti acaba de desaparecer de su domicilio!