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Chapter 10: Lo que Rosalie escondió durante siete años

Alessandro Rizzano nunca había temido escuchar una verdad desagradable.

Había construido su poder aprendiendo a mirar de frente aquello que otros hombres preferían ignorar. Había sobrevivido a traiciones, emboscadas y negociaciones en las que una sola palabra equivocada podía costarle la vida.

Pero aquella noche, mientras sostenía el teléfono con el mensaje anónimo todavía iluminado en la pantalla, descubrió que existía una clase de miedo para la que no estaba preparado.

El miedo a que alguien que había protegido a su hija durante años también hubiera ocultado una parte de su pasado.

*«Pregúntele a Rosalie qué encontró debajo de la cama de Isabella la mañana del accidente».*

Alessandro volvió a leer la frase.

Después levantó la cabeza y miró el reloj de su despacho.

Las once y cuarenta y dos.

Rosalie debía de estar en la cocina, preparando las cosas que Livia necesitaría al día siguiente. La mujer llevaba tantos años trabajando en la mansión que se había convertido en parte de la familia, aunque nunca se hubiera permitido ocupar el lugar que Isabella había dejado vacío.

Alessandro salió del despacho.

La encontró doblando una pequeña manta sobre la encimera. Cuando lo vio, sonrió por costumbre, pero la sonrisa desapareció al reconocer su expresión.

—Señor, ¿ocurrió algo?

Él colocó el teléfono sobre la mesa.

—Necesito que me contestes con sinceridad.

Rosalie dejó la manta.

—Por supuesto.

—La mañana en que murió Isabella, ¿encontraste algo debajo de su cama?

La mujer se quedó inmóvil.

No fue una reacción exagerada. No gritó ni intentó huir. Simplemente bajó los ojos y apretó la tela entre las manos.

Para Alessandro, aquello fue suficiente para saber que el mensaje no era una invención.

—Rosalie.

Ella tragó saliva.

—Sí, señor.

Él sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.

—¿Qué encontraste?

Rosalie miró hacia la puerta que conducía al pasillo.

—¿Livia está dormida?

—Sí.

—¿Podemos hablar en otro lugar?

Alessandro la condujo a la biblioteca y cerró la puerta.

La mujer permaneció de pie junto a la chimenea apagada. Parecía más pequeña de lo habitual, como si los años que llevaba guardando silencio hubieran terminado por caerle encima de golpe.

—Habla —dijo él.

Rosalie respiró profundamente.

—La mañana del accidente, la señora Isabella me pidió que le llevara una taza de té a su habitación. Estaba nerviosa. No había dormido bien y llevaba varias horas revisando unos documentos.

—¿Qué documentos?

—No lo sé. Cuando entré, los guardó rápidamente dentro de un cajón.

Alessandro recordó la carta que había encontrado en la habitación de Livia.

—Continúa.

—Después de dejar el té, escuché que alguien tocaba el timbre. Era una mujer. La señora Isabella me pidió que no la dejara entrar, pero la visitante insistió en que tenía algo urgente que entregarle.

—¿Quién era?

Rosalie cerró los ojos.

—No pude verle bien la cara. Llevaba gafas oscuras y un sombrero. Pero escuché a la señora Isabella decir su nombre.

Alessandro dio un paso hacia ella.

—¿Cuál?

—Victoria.

El silencio cayó entre ambos.

—¿Estás segura?

—Sí, señor.

Alessandro sintió que la mandíbula se le endurecía.

—¿Qué pasó después?

—La señora Isabella salió de su habitación para hablar con ella en el recibidor. No quería que la visitante subiera. Yo me quedé en el pasillo, porque Livia estaba dormida y no quería que se despertara.

Rosalie hizo una pausa.

—Escuché una discusión.

—¿Qué dijeron?

—La señora Isabella dijo: «Te advertí que no volverías a acercarte a mi hija». Y la otra mujer respondió que ya era demasiado tarde, que había personas esperando una respuesta.

Alessandro apretó los puños.

—¿Y luego?

—La puerta se cerró. La visitante se marchó. La señora Isabella regresó a su habitación y me pidió que preparara una bolsa con ropa para Livia.

—¿Por qué?

—Dijo que quizá tendría que salir de la ciudad durante unos días.

Alessandro sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

Isabella había planeado marcharse.

Había preparado a su hija para una posible ausencia, había escondido documentos y había buscado ayuda legal.

Y él no había sabido nada.

—¿Qué encontraste debajo de la cama? —preguntó de nuevo.

Rosalie se llevó una mano al pecho.

—Una grabadora pequeña.

Alessandro permaneció inmóvil.

—¿Una grabadora?

—Sí. Estaba escondida detrás de una caja de zapatos. La encontré cuando entré a recoger la habitación después de que se llevaran a la señora Isabella al hospital.

Él sintió un frío profundo.

—¿La escuchaste?

Rosalie asintió.

—Solo una parte.

—¿Qué escuchaste?

—La voz de la señora Isabella. Estaba diciendo que no iba a firmar ningún documento que permitiera a otra persona controlar el dinero de Livia. Después escuché una voz masculina que dijo: «Entonces no nos dejas otra alternativa».

Alessandro se quedó sin palabras.

Una voz masculina.

No Victoria.

No Bianca.

Alguien más había estado involucrado.

—¿Por qué no me entregaste esa grabación?

Los ojos de Rosalie se llenaron de lágrimas.

—Porque recibí una amenaza.

Alessandro la miró fijamente.

—¿De quién?

—No lo sé. Al día siguiente del funeral, encontré un sobre debajo de la puerta de mi apartamento. Dentro había una fotografía de Livia y una nota que decía que, si le contaba a usted lo que había escuchado, su hija sufriría las consecuencias.

Rosalie comenzó a llorar.

—Yo acababa de perder a la señora Isabella. Usted apenas podía levantarse de la cama. Livia lloraba por las noches y no entendía por qué su mamá no regresaba. Yo tenía miedo de que alguien le hiciera daño.

Alessandro sintió una mezcla de furia y dolor.

Quería exigirle por qué había permitido que el secreto permaneciera enterrado durante siete años.

Pero cuando miró el rostro de aquella mujer, comprendió que el miedo había gobernado sus decisiones mucho antes de que él supiera que existía una amenaza.

—¿Dónde está la grabadora? —preguntó.

Rosalie negó con la cabeza.

—La escondí.

—¿Dónde?

—En mi casa. Dentro de una caja de costura que pertenecía a mi madre.

Alessandro respiró profundamente.

—¿Todavía la tienes?

—Sí.

Él se acercó a la ventana.

Durante varios segundos contempló los jardines oscuros, intentando ordenar las piezas que se amontonaban en su cabeza.

Victoria había visitado a Isabella el día del accidente.

Un hombre la había amenazado.

Rosalie había encontrado una grabación.

Y alguien seguía vigilando a las personas que conocían la verdad.

Alessandro se volvió.

—Mañana iremos por ella.

Rosalie levantó la mirada, sorprendida.

—¿Usted vendrá conmigo?

—No voy a permitir que vuelvas a enfrentarte sola a esto.

Ella se cubrió la boca con una mano.

—Lo siento, señor.

Alessandro guardó silencio un instante.

—Yo también lo siento, Rosalie. Debí haberme dado cuenta de que algo estaba mal.

La mujer negó con la cabeza.

—Usted estaba destrozado.

—Eso no cambia lo que ocurrió.

Antes de que pudiera decir algo más, se escucharon pasos rápidos en el corredor.

Luca apareció en la puerta.

—Señor, tenemos un problema.

Alessandro se volvió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Una de las cámaras exteriores acaba de registrar un automóvil estacionado frente a la entrada de servicio. Permaneció allí durante veinte minutos y se marchó cuando los guardias se acercaron.

—¿Identificaron la matrícula?

Luca le entregó una fotografía.

Alessandro miró la imagen.

El vehículo pertenecía a una empresa registrada a nombre de Victor Hale.

—¿Qué más?

Luca bajó la voz.

—Encontramos un dispositivo de rastreo debajo del automóvil que utiliza Rosalie.

La empleada se llevó una mano a la boca.

Alessandro miró hacia ella.

—¿Cuánto tiempo llevas utilizando ese automóvil?

—Desde hace tres años.

Luca respondió antes de que Alessandro pudiera hablar.

—El dispositivo fue instalado recientemente. La batería indica que lleva menos de cuarenta y ocho horas activo.

Alessandro sintió que las últimas dudas desaparecían.

Alguien había descubierto que Rosalie estaba a punto de hablar.

Y había comenzado a vigilarla.

—A partir de ahora, no sales sola de esta propiedad —ordenó él—. Si necesitas algo, lo pides. Si alguien llama a tu teléfono, no respondes sin que lo revisemos primero.

Rosalie asintió, aterrorizada.

Alessandro se acercó a Luca.

—Quiero saber dónde está Victor Hale ahora mismo. Y necesito que Daniel revise cualquier relación comercial entre Hale y los Moretti.

—Entendido.

Cuando Luca se retiró, Alessandro acompañó a Rosalie hasta el pasillo.

—Ve a descansar —le dijo—. Mañana recuperaremos esa grabación.

Ella asintió y caminó hacia sus habitaciones.

Alessandro permaneció solo unos segundos.

Después sacó el teléfono y volvió a mirar el mensaje anónimo.

Alguien sabía que Rosalie había guardado una prueba.

Alguien conocía los secretos de Isabella.

Y alguien estaba dispuesto a poner en peligro a una niña de tres años para mantenerlos ocultos.

Su teléfono vibró de nuevo.

Esta vez no era un número desconocido.

Era Daniel.

—Alessandro —dijo el abogado en cuanto contestó—, he encontrado algo relacionado con el código B-17.

—Habla.

—No es una caja de seguridad bancaria. Es una referencia de almacenamiento privado utilizada por una empresa que cerró hace seis años.

Alessandro sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Qué almacenaba esa empresa?

Daniel tardó unos segundos en responder.

—Documentos físicos, grabaciones y archivos de clientes que necesitaban mantener información confidencial fuera de los registros digitales.

—¿Dónde estaba ubicada?

—En un edificio de oficinas del centro de Chicago.

Alessandro miró hacia el corredor por donde Rosalie acababa de desaparecer.

—¿Puedes conseguir la dirección?

—Sí. Pero hay un detalle que no me gusta.

—¿Cuál?

—La empresa fue liquidada después de una investigación por destrucción irregular de documentos. Y el último administrador registrado era un hombre llamado Richard Cole.

Alessandro reconoció el nombre.

Richard Cole había sido el director financiero de una de sus empresas cuando Isabella todavía vivía.

Había desaparecido de su vida poco después del accidente.

Alessandro había aceptado su renuncia sin hacer demasiadas preguntas.

Ahora comenzaba a entender que demasiadas personas habían abandonado su entorno en el mismo momento.

—Daniel —dijo con voz grave—, encuentra a Richard Cole.

El abogado guardó silencio.

—Alessandro, creo que eso va a ser más complicado de lo que imagina.

—¿Por qué?

—Porque Richard Cole murió hace cinco años.

Alessandro apretó el teléfono.

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Y entonces Daniel añadió algo que hizo que el silencio de la biblioteca pareciera insoportable.

—Pero su certificado de defunción fue expedido utilizando una identidad que nunca había aparecido en los registros de su empresa.

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