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Chapter 2: El hombre que entró sin pedir permiso

Alessandro Rizzano había escuchado muchas cosas en su vida.

Había escuchado amenazas pronunciadas por hombres armados. Había escuchado mentiras de socios que creían poder engañarlo. Había escuchado a enemigos suplicar cuando comprendían demasiado tarde que habían calculado mal sus posibilidades.

Pero nunca había escuchado un sonido que le provocara una furia tan inmediata como el llanto de su hija.

—¡Papá! ¡Papito!

Alessandro se detuvo en el corredor.

Llevaba un traje negro hecho a medida, una camisa blanca y un reloj discreto que había pertenecido a su padre. Dos hombres de seguridad caminaban detrás de él, esperando instrucciones para acompañarlo hasta el salón donde se celebraría la ceremonia.

La boda debía comenzar en menos de media hora.

Él había pasado la mañana revisando los últimos detalles del evento, aunque su principal preocupación no eran las flores ni los invitados. Era Livia.

La pequeña llevaba semanas practicando cómo caminar por el pasillo sin tirar todos los pétalos de su canasta. La noche anterior se había dormido abrazada al vestido blanco que usaría esa mañana.

—Papá, ¿Bianca va a vivir con nosotros? —le había preguntado mientras él la arropaba.

—Sí, principessa.

—¿Y todavía vas a contarme cuentos?

Alessandro le había besado la frente.

—Todos los que quieras.

—¿Aunque seas el jefe?

Él había sonreído.

—Especialmente si soy el jefe.

Ahora, al escucharla llorar detrás de la puerta, aquella promesa adquirió un peso insoportable.

Alessandro giró la manija y entró.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

La habitación quedó en silencio durante una fracción de segundo.

Rosalie tenía a Livia en brazos. La niña temblaba contra su pecho, con el rostro empapado y los dedos aferrados al uniforme de la empleada.

Bianca estaba frente a ellas, vestida de novia, sosteniendo unas máquinas eléctricas encendidas.

En el suelo había mechones de cabello oscuro.

Alessandro no miró primero a Bianca.

Miró a su hija.

Sus ojos descendieron lentamente desde las lágrimas hasta la cabeza de Livia. Un lado de sus rizos seguía intacto. El otro había sido cortado de forma brutal, dejando una zona irregular que exponía partes del cuero cabelludo.

La pequeña intentó levantar una mano para cubrirse.

—Papá…

La palabra apenas salió de su garganta.

Alessandro sintió que el mundo entero se estrechaba alrededor de aquella vocecita.

—Ven aquí, mi amor —dijo.

No gritó.

Eso fue lo que más asustó a Rosalie.

Alessandro Rizzano podía levantar la voz cuando quería imponer autoridad. Sin embargo, cuando estaba verdaderamente furioso, su tono se volvía bajo, casi tranquilo.

Rosalie caminó hacia él.

Alessandro extendió los brazos y recibió a su hija. Livia se aferró inmediatamente a su cuello, escondiendo la cara bajo su mandíbula.

—Me cortó el pelo —lloró—. Le dije que no. Le dije que no, papá.

Él cerró los ojos durante un segundo y apoyó los labios en su frente.

—Ya estoy aquí, tesoro. Nadie va a volver a tocarte.

—Dijo que soy como su perrito.

Los músculos de la mandíbula de Alessandro se tensaron.

Detrás de él, uno de los guardias dio un paso hacia la puerta. El otro se quedó inmóvil, con la mirada fija en Bianca.

Ella, por su parte, recuperó la compostura con una rapidez asombrosa.

—Alessandro, estás malinterpretando todo.

Él levantó los ojos.

—¿Qué tienes en la mano?

Bianca miró las máquinas como si acabara de recordar que seguían encendidas.

—Estaba arreglándole el cabello.

—¿Así?

—Se movía demasiado. Tu hija hizo un escándalo por nada.

Livia comenzó a llorar con más fuerza.

Alessandro la acomodó contra su pecho y extendió la mano libre.

—Dámelas.

Bianca arqueó las cejas.

—No me hables como si fuera una de tus empleadas.

—Las máquinas, Bianca.

Ella soltó una risa incrédula.

—Por favor. ¿De verdad vas a hacer un drama por unos cuantos rizos?

Alessandro avanzó un paso.

La sonrisa de Bianca vaciló.

—He dicho que me las des.

Por un instante, ella pareció debatirse entre obedecer y demostrar que seguía teniendo el control. Eligió lo segundo.

—No pienso hacerlo.

Alessandro se las quitó de la mano.

El movimiento fue rápido y preciso. Bianca ni siquiera alcanzó a reaccionar antes de que él apagara las máquinas y las arrojara sobre la mesa del tocador.

El golpe hizo saltar varios estuches de maquillaje. Un compacto se abrió y el polvo se dispersó sobre la superficie brillante. Un frasco de perfume rodó hasta el borde, donde quedó balanceándose peligrosamente.

Bianca dio un grito.

—¡¿Te volviste loco?!

Alessandro colocó a Livia detrás de su cuerpo, protegiéndola con un brazo. Rosalie se acercó a la niña y le acarició suavemente la espalda.

—Mírame, corazón —susurró Rosalie—. Estás con tu papá. Ya pasó.

Pero no había pasado.

Alessandro miró los mechones esparcidos en el suelo. Después observó las máquinas sobre el tocador y, finalmente, la expresión desafiante de su prometida.

—Explícame qué estabas haciendo.

Bianca cruzó los brazos con cuidado de no arrugar su vestido.

—Intentaba corregir su apariencia. La niña tenía el cabello desordenado.

—¿Y por eso la rapaste?

—No la rapé. Le corté un poco.

Rosalie levantó la vista.

—Le cortó una parte enorme del cabello. Livia le suplicó que se detuviera.

—¡Nadie te preguntó nada! —espetó Bianca.

Alessandro giró apenas la cabeza.

—Rosalie puede hablar cuando yo se lo permita. Tú no vuelves a levantarle la voz.

Bianca abrió los labios, ofendida.

—¿Me estás dando órdenes delante de la servidumbre?

—Estoy intentando comprender por qué mi hija está llorando y tú sigues preocupada por tu orgullo.

—Porque alguien tiene que pensar en esta familia. Tú la malcrías. La tratas como si fuera una reina. ¿Qué clase de mujer va a poder vivir contigo si tu hija decide todo?

Alessandro la miró sin moverse.

—Tiene tres años.

—Precisamente. Es ahora cuando debe aprender.

Livia asomó la cara por detrás del brazo de su padre.

—Yo no hice nada malo.

Aquellas palabras fueron tan pequeñas que parecieron desaparecer en el aire.

Alessandro se agachó lo suficiente para verla.

—Lo sé, mi amor.

—Solo quería llevar las flores.

—Y las vas a llevar si todavía quieres hacerlo. Pero nadie va a obligarte.

La niña miró de reojo a Bianca.

—¿Ella va a volver a cortarme el pelo?

—No —respondió él.

Una sola palabra.

Una promesa.

Bianca soltó una exclamación de impaciencia.

—¡Basta de tratarme como una criminal! Soy tu futura esposa.

Alessandro se incorporó.

—Todavía no.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

—He dicho que todavía no eres mi esposa.

Bianca dio un paso hacia él. Su perfume, intenso y floral, invadió el espacio entre ambos.

—En veinticinco minutos voy a caminar hacia el altar. Cientos de personas están esperando. Tu familia está aquí.

Tus socios están aquí. ¿De verdad piensas humillarme por una discusión infantil?

Alessandro contempló su vestido blanco, los diamantes en su cuello y el velo que descendía desde su peinado cuidadosamente elaborado.

Luego miró a su hija.

Livia tenía el rostro escondido otra vez, pero seguía aferrada a su saco con tanta fuerza que sus pequeños dedos habían arrugado la tela.

Alessandro comprendió algo que había pasado por alto durante meses.

Había confundido la elegancia de Bianca con la bondad. Su disciplina social con madurez. Su capacidad para desenvolverse entre personas poderosas con la capacidad de cuidar de alguien vulnerable.

La mujer que estaba frente a él sabía sonreír ante las cámaras, recordar nombres importantes y convertir cualquier cena en una demostración de prestigio.

Pero acababa de usar unas máquinas eléctricas contra una niña de tres años.

Y todavía esperaba una disculpa de los demás.

—Alessandro —dijo Bianca, bajando el tono—, cariño, estás alterado. Dame unos minutos para arreglar esto. Podemos hablar en privado.

Él no respondió.

—Mira, lo siento si la asusté. Pero tú sabes cómo son los niños. Exageran. Livia olvidará esto en unos días.

Rosalie apretó los labios para no contestar.

Alessandro, en cambio, sonrió apenas.

No había calidez en aquella sonrisa.

—¿Crees que el problema es que la asustaste?

Bianca vaciló.

—Creo que estás haciendo una tormenta de algo insignificante.

—Entonces tenemos un problema mucho más grave de lo que pensaba.

Él se volvió hacia el tocador y tomó las máquinas. Las sostuvo durante un segundo, examinándolas, antes de dejarlas nuevamente sobre la mesa.

Después se quitó el guante de cuero que llevaba en una mano y extendió los dedos hacia Bianca.

—Tu mano.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Dame tu mano izquierda.

—¿Para qué?

Alessandro fijó los ojos en el anillo de compromiso: un diamante rodeado de piedras menores, elegido por Bianca después de seis visitas a joyerías privadas.

—Porque quiero que me expliques algo más.

Bianca miró su anillo y luego volvió a mirarlo.

Por primera vez desde que él había entrado, pareció comprender que el matrimonio que había planeado con tanto cuidado podía estar escapándose de sus manos.

Aun así, levantó la barbilla.

—Alessandro, si me haces pasar por una humillación delante de toda esta gente, te aseguro que…

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Él le tomó la mano.

Y comenzó a girar el anillo para sacárselo del dedo.

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