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Chapter 8: La amenaza llegó a la habitación de Livia

Alessandro no recordó el trayecto de regreso a la mansión.

Solo recordó la pantalla del teléfono, el mensaje dirigido a Elena y la posibilidad de que alguien hubiera vuelto a acercarse a su hija mientras él investigaba el pasado de su esposa.

Cuando el automóvil cruzó las puertas de la propiedad, dos guardias salieron de inmediato a recibirlo.

—¿Dónde está Livia? —preguntó antes de que el vehículo se detuviera por completo.

—En su habitación, señor. Con Rosalie.

Alessandro salió del automóvil.

—¿Ha ocurrido algo?

El guardia vaciló.

Fue apenas un segundo, pero Alessandro lo percibió.

—Contéstame.

—Encontramos una ventana abierta en el pasillo del segundo piso. No parece haber señales de entrada forzada, pero estamos revisando las cámaras.

Alessandro echó a correr.

Subió las escaleras de dos en dos y atravesó el corredor hasta llegar a la habitación infantil.

La puerta estaba abierta.

Rosalie se encontraba sentada junto a la cama, sosteniendo a Livia entre sus brazos. La niña llevaba un pijama de conejitos y apretaba contra el pecho un oso de peluche.

Cuando vio a su padre, estiró las manos.

—¡Papá!

Alessandro la levantó y la estrechó contra sí.

—Estoy aquí, mi amor.

Livia se aferró a su cuello.

—Escuché un ruido.

Él miró a Rosalie.

—¿Qué ocurrió?

La empleada tenía el rostro pálido.

—Estábamos terminando de leer un cuento cuando escuché algo en el pasillo. Pensé que era uno de los guardias, pero cuando abrí la puerta vi la ventana abierta.

—¿Había alguien afuera?

—No vi a nadie.

Alessandro besó la frente de Livia.

—¿Alguien entró en tu habitación?

La niña negó con la cabeza.

—No. Pero alguien dejó algo en mi cama.

Alessandro sintió que el cuerpo se le tensaba.

—¿Qué cosa?

Livia señaló la almohada.

Sobre ella había una pequeña caja blanca con un lazo plateado.

Alessandro no la tocó.

—Rosalie, aléjate de la cama y lleva a Livia al salón privado.

—Sí, señor.

Uno de los guardias apareció en la puerta.

—No hay nadie en el corredor, señor.

—Que nadie toque esa caja hasta que llegue el equipo de seguridad. Quiero revisar todas las entradas de la propiedad.

El guardia asintió y se retiró.

Rosalie condujo a Livia fuera de la habitación, mientras Alessandro permanecía junto a la cama.

La caja era pequeña, del tamaño de un libro infantil. No tenía etiqueta ni remitente.

En la tapa había una tarjeta.

Alessandro se inclinó para leerla sin tocarla.

*«Para la pequeña princesa. Esperamos que le guste su nuevo peinado».*

Durante un instante, no pudo escuchar nada más.

Ni los pasos de los guardias, ni las órdenes que llegaban desde el pasillo, ni el sonido de su propio teléfono.

Solo vio los rizos de su hija sobre la alfombra de la suite nupcial.

El miedo en sus ojos.

La manera en que había preguntado si él seguía queriéndola.

Alessandro cerró los puños.

—Encuentren a quien hizo esto —ordenó cuando el jefe de seguridad llegó—. Quiero saber cómo entró, cuánto tiempo estuvo aquí y quién tuvo acceso a los códigos de la propiedad.

—Sí, señor.

—Y nadie se acerca a mi hija sin autorización directa mía o de Rosalie.

El jefe de seguridad asintió.

Alessandro salió de la habitación.

En el pasillo, Luca Ferraro lo esperaba con una tableta.

—Tenemos imágenes de una persona entrando por la puerta de servicio hace cuarenta minutos.

Alessandro tomó el dispositivo.

En la pantalla aparecía un hombre con gorra oscura, chaqueta gris y una mochila pequeña. Caminaba con tranquilidad, como si conociera el edificio.

—¿Lo identificaron?

—Todavía no. Utilizó una credencial temporal.

—¿Quién la autorizó?

Luca deslizó el dedo sobre la pantalla.

—Una cuenta administrativa vinculada a la oficina de su primo Matteo.

Alessandro levantó lentamente la mirada.

—¿Matteo estuvo aquí hoy?

—No, señor. Pero alguien utilizó sus credenciales para acceder al sistema.

Alessandro devolvió la tableta.

La traición de su primo ya no era una sospecha abstracta. Alguien estaba utilizando su nombre para acercarse a Livia.

—Quiero a Matteo bajo vigilancia discreta —ordenó—. No lo detengan ni lo amenacen. Necesito saber con quién habla y adónde va.

—Entendido.

Luca dudó antes de continuar.

—Señor, hay otra cosa.

—Habla.

—La cámara del pasillo se desconectó durante cuatro minutos. El sistema registró una orden manual, no una falla técnica.

Alessandro miró hacia la habitación de su hija.

—Entonces alguien sabía exactamente qué estaba haciendo.

Livia estaba sentada en el sofá de la biblioteca cuando Alessandro entró.

Rosalie le había preparado leche tibia y había colocado una manta sobre sus piernas. La niña sostenía el oso de peluche contra el pecho, pero no bebía.

Alessandro se sentó a su lado.

—¿Quieres que me quede contigo esta noche?

Livia asintió.

—¿Y mañana?

—También.

—¿Y cuando sea grande?

Él le tomó la mano.

—También, si me necesitas.

La niña lo miró con seriedad.

—¿La caja era de Bianca?

Alessandro sintió una punzada de dolor.

No quería mentirle, pero tampoco podía permitir que una niña de tres años cargara con los temores de los adultos.

—No lo sé todavía, cariño.

—¿Está enojada conmigo?

Él se volvió completamente hacia ella.

—Escúchame, Livia. Nada de lo que ha pasado es culpa tuya. No hiciste nada para merecerlo.

La niña apretó el oso.

—Pero ella dijo que yo estorbaba.

Alessandro la atrajo hacia su pecho.

—Tú no estorbas. Nunca. Esta es tu casa.

Yo soy tu papá. Y siempre tendrás un lugar seguro conmigo.

Livia comenzó a llorar silenciosamente.

Alessandro la abrazó hasta que los sollozos disminuyeron.

Después levantó la mirada hacia Rosalie.

—¿Puedes quedarte con ella mientras hago una llamada?

—Por supuesto, señor.

Él se alejó unos pasos y marcó el número de Daniel.

—Necesito que revises una cosa.

—Dígame.

—Alguien entró en mi propiedad utilizando credenciales asociadas a Matteo. Quiero que compruebes si los documentos financieros que encontramos están relacionados con la empresa de seguridad que administra los accesos de la mansión.

Daniel guardó silencio durante unos segundos.

—Alessandro, hay algo que debe saber antes de que sigamos investigando.

—¿Qué?

—Encontré una transferencia de hace seis meses a una empresa de seguridad privada. La autorización original lleva la firma de Matteo, pero el pago salió de una cuenta vinculada a los Moretti.

Alessandro miró hacia el sofá.

Livia estaba acariciando la oreja de su oso.

—¿Cuánto pagaron?

—Cuarenta y cinco mil dólares.

—¿Para qué?

—El concepto dice «auditoría de instalaciones y revisión de protocolos de acceso».

Alessandro sintió que una nueva pieza encajaba en el rompecabezas.

Los Moretti no solo habían intentado acceder a sus empresas. Alguien había estudiado su casa, sus rutinas y los sistemas que protegían a su hija.

—Quiero los contratos originales —dijo—. Y quiero saber quién recibió ese dinero.

—Lo investigaré.

Alessandro terminó la llamada.

Cuando regresó al sofá, Livia ya estaba adormecida. La levantó con cuidado y la llevó hasta su habitación, donde la acostó junto a él.

No apagó la lámpara.

No cerró la puerta.

Y cada vez que la pequeña se movía entre sueños, él abría los ojos para comprobar que seguía allí.

A las once y media de la noche, Luca llamó a la puerta.

Alessandro salió al corredor sin despertar a su hija.

—¿Qué encontraste?

Luca le entregó una fotografía impresa.

—Identificamos al hombre que entró en la propiedad.

Alessandro observó la imagen.

Era un antiguo empleado de la empresa de seguridad. Había sido despedido nueve meses atrás por acceder sin autorización a información privada.

—¿Dónde está ahora?

—No lo hemos localizado. Pero encontramos una transferencia reciente a una cuenta a su nombre.

—¿De quién?

Luca respiró profundamente.

—De una sociedad que pertenece a Victoria Moretti.

Alessandro no mostró sorpresa.

—¿Y Matteo?

—Salió de su apartamento hace una hora. Se reunió con un hombre en un estacionamiento privado y después se marchó. El hombre era Victor Hale.

Alessandro miró otra fotografía.

Matteo estaba junto a un automóvil negro. Hale le entregaba un sobre.

—¿Los siguieron?

—Sí. Hale entró en un edificio de oficinas. Matteo regresó a su apartamento.

Alessandro devolvió las fotografías.

—Quiero que mantengan la vigilancia. No hagan nada hasta que sepamos qué contiene ese sobre.

Luca asintió.

—Hay una última cosa, señor.

—¿Qué?

—El hombre que entró en la mansión dejó una segunda nota dentro de la caja. El equipo de seguridad acaba de encontrarla.

Luca le entregó una bolsa transparente con un papel doblado.

Alessandro lo abrió.

Solo había una frase.

*«Pregúntele a Victoria qué pasó con la mujer que trabajaba para Isabella antes de su accidente».*

Alessandro sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Recordó las palabras de Rosalie sobre la visitante rubia.

Recordó la carta de Isabella.

Y comprendió que alguien estaba tratando de conducirlo hacia una persona que había desaparecido de su vida hacía años.

—Luca —dijo lentamente—, quiero una lista de todas las personas que trabajaron en esta casa durante el último año de vida de Isabella.

—La tendrá antes del amanecer.

—Y encuentra a la mujer que desapareció después de su muerte.

Luca guardó silencio.

—¿Cree que sigue viva?

Alessandro miró la puerta de la habitación donde dormía su hija.

—No lo sé.

Volvió a leer la nota.

—Pero alguien tiene mucho miedo de que la encontremos.

A la mañana siguiente, la doctora Bennett llegó para revisar nuevamente a Livia.

La niña estaba de mejor ánimo. Había desayunado tostadas con miel y había pedido dibujar una casa con muchas ventanas.

Mientras la médica hablaba con Rosalie, Alessandro recibió una llamada de Daniel.

—Encontré el nombre de la antigua empleada —dijo el abogado—. Se llamaba Carmen Salazar. Trabajó para Isabella durante casi cuatro años y renunció tres días después del accidente.

Alessandro caminó hacia el despacho.

—¿Dónde está ahora?

—Eso es lo extraño. Su último domicilio registrado está vacío. No hay actividad en sus cuentas desde hace varios años y nadie de su familia sabe dónde vive.

—¿Qué sabemos de ella?

—Que era muy cercana a Isabella. Según los registros, su renuncia se produjo de manera abrupta. No cobró la indemnización que le correspondía y dejó varias pertenencias en la mansión.

Alessandro se detuvo.

—¿Y nadie investigó por qué se marchó?

—No encontramos ningún informe formal. La renuncia se archivó como una decisión personal.

Alessandro recordó aquellos meses.

Después del funeral, apenas había conseguido levantarse de la cama. Se había concentrado en cuidar de Livia y mantener sus negocios en funcionamiento. Su abogado de entonces le había asegurado que todo estaba en orden.

Había confiado en él.

Demasiado.

—Quiero saber quién procesó la renuncia —ordenó—. Y necesito una copia del expediente completo.

Daniel pasó unas páginas.

—Hay una última anotación en el archivo.

—¿Cuál?

—Carmen Salazar dejó una dirección de contacto para emergencias. La dirección pertenece a un refugio para mujeres que cerró hace cuatro años.

Alessandro cerró los ojos brevemente.

Otro lugar desaparecido.

Otra persona que parecía haberse esfumado justo cuando podía haber contado algo importante.

—Consigue los registros del refugio —dijo—. Pregunta quién administraba las admisiones y dónde trasladaron sus archivos.

—Lo haré.

Alessandro terminó la llamada y regresó a la sala.

Livia estaba de pie junto a Rosalie, sosteniendo un dibujo.

Había pintado una casa amarilla, un sol enorme y tres figuras tomadas de la mano.

Una de ellas tenía el cabello largo.

—Es mi mamá —explicó.

Alessandro se agachó.

—Es precioso, mi amor.

Livia le entregó el papel.

—Quiero ponerlo en tu oficina para que no estés triste.

Él la abrazó.

—Gracias, principessa.

La niña apoyó la mejilla contra la suya.

—¿Ya encontraste a la señora que hizo que Bianca se enojara?

Alessandro se quedó inmóvil.

—¿Qué señora?

Livia lo miró con sus ojos oscuros.

—Bianca hablaba por teléfono. Dijo que, cuando encontrara a la mujer que escondió las cosas de mi mamá, todo volvería a ser como antes.

Alessandro sintió que el mundo se detenía.

Se arrodilló frente a su hija.

—¿Cuándo escuchaste eso?

—El día de las flores. Antes de que me cortara el pelo.

Rosalie se llevó una mano a la boca.

Alessandro sostuvo las pequeñas manos de Livia.

—¿Recuerdas con quién hablaba?

La niña negó con la cabeza.

—No. Pero dijo que la mujer tenía una llave.

Alessandro miró hacia el despacho, donde la pequeña llave encontrada en la caja de Isabella seguía guardada dentro de una bolsa de pruebas.

Una llave que nadie había conseguido identificar.

Una mujer desaparecida.

Una caja escondida.

Y una prometida que había llegado a su vida con un plan que parecía haber comenzado mucho antes de la primera cita.

Alessandro besó la frente de su hija.

—Has hecho muy bien en contármelo.

Livia sonrió tímidamente.

—¿Entonces ya no estás triste?

Él la abrazó con fuerza.

—Estoy aquí contigo. Eso es lo más importante.

Pero cuando se levantó, su expresión había cambiado.

Bianca no había actuado únicamente por celos ni por vanidad.

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Había buscado algo.

Y, de alguna manera, creía que la llave que Isabella había escondido podía conducirla hasta ello.

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