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Chapter 6: La mujer que sabía demasiado

A las ocho de la mañana siguiente, Alessandro ya estaba sentado en su despacho.

No había dormido más de dos horas.

Livia había tenido pesadillas durante la noche y se había despertado llamándolo tres veces. En cada ocasión, él había dejado lo que estaba haciendo para sentarse junto a su cama hasta que la niña volviera a dormirse.

La última vez, ella le había pedido que no apagara la luz.

Alessandro había dejado encendida la lámpara con forma de luna.

Ahora, mientras revisaba los documentos sobre el escritorio, seguía viendo el rostro de su hija escondido contra su pecho.

No era el cabello lo que más lo atormentaba.

Era la facilidad con la que Bianca había conseguido que Livia creyera que podía perder el amor de su padre por llorar.

Alessandro cerró la carpeta y miró a Daniel, que esperaba al otro lado del escritorio.

—¿Encontraste algo sobre la deuda de Matteo?

—Sí.

El abogado colocó un informe delante de él.

—Hace ocho meses, una empresa privada compró una deuda personal que Matteo mantenía con un grupo de prestamistas. La cantidad original era considerable, pero el nuevo acreedor aceptó una reducción a cambio de un acuerdo de confidencialidad.

—¿Quién compró la deuda?

Daniel pasó una página.

—Una sociedad vinculada a Victor Hale.

Alessandro se recostó en la silla.

—¿Cuánto debía Matteo?

—Cerca de cuatro millones de dólares.

La cifra quedó suspendida entre ambos.

Matteo había recibido una participación en varios negocios familiares. También tenía acceso a propiedades, vehículos y cuentas corporativas. No era un hombre pobre, aunque había cometido suficientes errores para perder gran parte de su patrimonio personal.

Pero cuatro millones de dólares no eran una cantidad que pudiera desaparecer sin dejar rastros.

—¿De dónde salió la deuda? —preguntó Alessandro.

—Estamos reconstruyendo los movimientos. Hay transferencias a empresas de juego privadas y varias inversiones fallidas. Sin embargo, encontramos algo más interesante.

Daniel abrió una hoja de cálculo.

—Dos meses después de que Hale comprara la deuda, Matteo comenzó a recibir pagos de una empresa de asesoría vinculada a los Moretti.

Alessandro miró las fechas.

Los pagos habían empezado poco después de que Bianca anunciara su intención de casarse con él.

—¿Cuánto recibió?

—Ciento ochenta mil dólares en total.

—¿Por asesoría?

—Eso dice la documentación.

Alessandro dejó escapar una risa sin humor.

—Matteo no ha asesorado a nadie fuera de nuestras empresas desde hace tres años.

Daniel guardó silencio.

—¿Crees que está colaborando con ellos? —preguntó finalmente.

Alessandro observó la fotografía del restaurante.

—Creo que está endeudado. Creo que alguien compró su deuda. Y creo que los Moretti encontraron una manera de convertir ese problema en una oportunidad.

—¿Qué quiere hacer?

—Hablar con él.

Daniel asintió.

—Puedo organizar una reunión.

—No. Voy a ir a verlo.

El abogado pareció incómodo.

—Alessandro, si Matteo está involucrado, podría intentar destruir documentos.

—Por eso no voy a avisarle.

Alessandro se levantó y tomó su chaqueta.

Antes de salir, recogió un dibujo infantil que estaba sobre una mesa auxiliar.

Era una casa amarilla con tres figuras dibujadas con crayones: una grande, una pequeña y otra con un vestido rosa. Encima, Livia había escrito su nombre con letras desiguales.

Alessandro dobló cuidadosamente el papel y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.

No permitiría que nadie volviera a hacer sentir a su hija que debía ganarse un lugar en su propia familia.

Matteo Rizzano vivía en un apartamento de lujo con vistas al río Chicago.

Cuando Alessandro llegó, encontró dos cajas abiertas en la sala y una botella de whisky sobre la mesa. Matteo estaba sentado junto a la ventana, vestido con pantalones oscuros y una camisa arrugada.

Al verlo entrar, levantó las cejas.

—No esperaba una visita tan temprano.

—Eso es evidente.

Matteo se puso de pie y sonrió con cautela.

—¿Cómo estás? Escuché que la boda se canceló. Supongo que todo ha sido un desastre.

Alessandro observó la habitación.

En una de las cajas había carpetas, sobres y varios dispositivos electrónicos.

—¿Te estás mudando?

Matteo miró las cajas.

—Estoy reorganizando algunas cosas.

—¿A dónde vas?

—Todavía no lo sé.

Alessandro se quitó los guantes y los dejó sobre la mesa.

—Tenemos que hablar.

La sonrisa de Matteo desapareció.

—¿Sobre Bianca?

—Sobre una autorización financiera firmada hace seis meses.

Matteo permaneció inmóvil.

Solo un instante.

Pero fue suficiente.

—No sé de qué hablas.

Alessandro sacó una copia del documento y la colocó sobre la mesa.

—Esta firma se parece mucho a la tuya.

Matteo miró la página sin tocarla.

—Hay muchas firmas en esos expedientes.

—No te pregunté cuántas firmas hay. Te pregunté si firmaste esta.

Matteo caminó hasta la ventana y se pasó una mano por el cabello.

—Alessandro, las cosas no son tan sencillas como parecen.

—Entonces explícamelas.

—Los Moretti estaban interesados en invertir en nuestras operaciones logísticas. Se discutieron varias posibilidades.

—¿Les ofreciste acceso a mis empresas?

—No exactamente.

—¿Qué significa «no exactamente»?

Matteo se volvió hacia él.

—Significa que estudiamos una estructura de inversión. Nada se habría ejecutado sin tu aprobación final.

Alessandro señaló la cláusula de transferencia.

—¿Y por qué mi matrimonio aparece como condición?

Matteo apretó los labios.

—Eso fue una exigencia de ellos.

—¿Y tú la aceptaste?

—Era una propuesta preliminar.

—¿A cambio de qué?

Matteo no respondió.

Alessandro se acercó lentamente.

—¿Cuánto les debes?

El rostro de Matteo perdió el color.

—No sé de qué estás hablando.

—Cuatro millones de dólares. Una deuda que compró Victor Hale. Después empezaste a recibir dinero de una empresa vinculada a los Moretti.

Matteo miró las cajas.

Alessandro siguió la dirección de sus ojos.

—¿Qué hay ahí?

—Mis cosas personales.

—Abre las carpetas.

—No tienes derecho a revisar mi apartamento.

Alessandro lo miró fijamente.

—Entonces dime por qué estás preparando una mudanza el día después de que se canceló mi boda.

Matteo se sentó lentamente.

Durante varios segundos, pareció mucho mayor de lo que era.

—Cometí un error —dijo al fin.

Alessandro no se movió.

—¿Cuál?

—Pensé que podía resolver mis problemas sin involucrarte.

—Ya me has involucrado.

Matteo se frotó la cara con ambas manos.

—Perdí dinero. Mucho dinero. Al principio pensé que podía recuperarlo con una inversión, pero seguí perdiendo. Después aparecieron los prestamistas y comenzaron las amenazas.

—¿Y acudiste a los Moretti?

—Ellos se acercaron a mí.

—¿Cuándo?

—Hace seis meses.

Alessandro sintió que la última pieza del rompecabezas comenzaba a encajar.

—¿Antes de que Bianca y yo habláramos de matrimonio?

Matteo asintió.

—Me dijeron que podían comprar mi deuda. Que, si la relación entre nuestras familias se consolidaba, todos saldríamos beneficiados.

—¿Y qué te pidieron?

Matteo miró al suelo.

—Información.

—¿Qué clase de información?

—Estructuras empresariales. Nombres de socios. Algunas operaciones que no aparecen en los informes públicos.

Alessandro se quedó completamente quieto.

Matteo levantó la mirada con desesperación.

—No les di nada que pudiera destruirte.

—Eso no te corresponde decidirlo.

—¡Intentaba salvarme!

—¿A costa de mi familia?

—¡No sabía que Bianca iba a hacerle daño a Livia!

La frase escapó de su boca demasiado rápido.

Alessandro dio un paso hacia él.

—¿Qué acabas de decir?

Matteo palideció.

—Quiero decir que no sabía que las cosas llegarían tan lejos.

—No. Dijiste que no sabías que Bianca iba a hacerle daño a mi hija. ¿Por qué habrías imaginado que iba a hacerlo?

Matteo abrió la boca, pero no consiguió responder.

Alessandro apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Qué sabías, Matteo?

Su primo se levantó de golpe.

—Nada. Te lo juro.

—No me vuelvas a jurar nada.

El silencio se prolongó durante varios segundos.

Finalmente, Matteo caminó hasta una de las cajas y sacó un sobre manila.

Lo sostuvo entre las manos, indeciso.

—Hay algo que no te he contado.

Alessandro esperó.

—Hace tres semanas, Bianca me llamó. Quería saber si Livia estaría presente durante toda la ceremonia y si tú pensabas llevarla contigo después de la boda.

Alessandro sintió que la furia volvía a cerrarle la garganta.

—¿Y qué le dijiste?

—Que Livia viviría contigo, como siempre.

—¿Qué más?

Matteo miró el sobre.

—Me preguntó si existía alguna manera de modificar las condiciones de la tutela de Livia después del matrimonio.

Alessandro no parpadeó.

—¿Qué condiciones?

—Las relacionadas con tu patrimonio y con la administración de ciertos bienes en caso de que te ocurriera algo.

Durante un instante, el apartamento pareció quedarse sin sonido.

Livia era la única heredera directa de Alessandro. Su madre había muerto cuando la niña tenía apenas unos meses, y él había establecido protecciones legales para garantizar que nadie pudiera apropiarse de sus bienes mientras fuera menor de edad.

Bianca no solo había intentado entrar en sus empresas.

También había preguntado cómo podía cambiar las condiciones que protegían a su hija.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Alessandro.

Matteo bajó la cabeza.

—Porque pensé que solo estaba intentando comprender su posición como futura esposa.

—¿Y ahora qué piensas?

Matteo tardó en responder.

—Ahora creo que quería algo más que casarse contigo.

Alessandro extendió la mano.

—Dame el sobre.

Matteo se lo entregó.

Dentro había copias de correos electrónicos, varias páginas impresas y una fotografía de Bianca sentada en un restaurante junto a Victor Hale.

Alessandro examinó los documentos.

En uno de los correos, Bianca preguntaba si el matrimonio le permitiría solicitar cambios en la administración de los bienes familiares. En otro, Hale respondía que el acceso a determinados activos dependería de las condiciones legales y de la cooperación de Alessandro.

No era una prueba definitiva de que Bianca pretendiera quedarse con el patrimonio de Livia.

Pero era suficiente para demostrar que la cuestión había sido discutida mucho antes de la boda.

Alessandro guardó los papeles en el sobre.

—Vas a entregarle todo esto a mi abogado.

Matteo asintió lentamente.

—Lo haré.

—Y no volverás a comunicarte con los Moretti ni con Victor Hale hasta que sepamos exactamente qué hiciste.

—Entiendo.

Alessandro caminó hacia la puerta.

—Alessandro.

Se detuvo sin volverse.

Matteo respiró profundamente.

—¿Crees que Bianca sabía que yo estaba endeudado antes de empezar a salir contigo?

Alessandro miró el reflejo de su primo en el cristal de la ventana.

—No lo sé.

—Porque hay algo más. Victor Hale me dijo una vez que Bianca llevaba años buscando una manera de acercarse a ti. No mencionó tu dinero. Dijo que había una razón personal.

Alessandro giró lentamente la cabeza.

—¿Qué razón?

Matteo negó con la cabeza.

—No me la dijo.

Alessandro salió del apartamento con el sobre bajo el brazo.

Esa tarde, Livia estaba sentada en la sala principal de la mansión Rizzano, rodeada de lápices de colores.

Rosalie había recuperado sus dibujos y los había colocado en un marco sobre una mesa baja. La pequeña pintaba una mariposa cuando Alessandro entró.

—¡Papá! —exclamó.

Él dejó el abrigo y se sentó a su lado.

—¿Qué estás dibujando?

—Una mariposa para mi mamá.

Alessandro miró el papel.

La mariposa tenía alas moradas, puntos amarillos y antenas verdes.

—Le va a encantar —dijo.

Livia apoyó el lápiz sobre la mesa.

—Papá, ¿Bianca va a volver?

Alessandro escogió las palabras con cuidado.

—No va a vivir aquí, mi amor.

—¿Porque fui mala?

Él se arrodilló frente a ella.

—No. Porque los adultos deben tratarse con respeto, y nadie tiene derecho a lastimarte. Tú no hiciste nada malo.

Livia lo observó en silencio.

Después levantó una mano y tocó el cabello irregular de su cabeza.

—¿Mi mamá tenía el pelo largo?

Alessandro sintió que el pecho se le apretaba.

—Sí. Muy largo.

—¿Como yo?

—Más o menos.

—¿Y le gustaba?

Él sonrió con tristeza.

—Le encantaba. Pero ¿sabes qué era lo que más le gustaba de ti?

Livia negó con la cabeza.

—Tu risa. Decía que cuando te reías, toda la casa parecía llenarse de luz.

La niña sonrió tímidamente.

—¿Y tú también me quieres cuando lloro?

Alessandro la abrazó.

—Te quiero cuando ríes, cuando lloras, cuando estás enojada y cuando tienes miedo. No tienes que hacer nada para ganarte mi amor.

Livia apoyó la cabeza en su hombro.

—Entonces quiero que me crezca el pelo para poder ponerme mis flores otra vez.

Alessandro le besó la frente.

—Y cuando te crezca, escogeremos juntas las flores más bonitas.

Por primera vez desde la boda cancelada, la niña pareció tranquila.

Pero el momento duró poco.

Un guardia apareció en la entrada de la sala con un sobre blanco.

—Señor Rizzano, acaba de llegar un mensajero. Dijo que era urgente.

Alessandro recibió el sobre.

No tenía remitente.

Dentro había una sola fotografía.

Mostraba a su difunta esposa, Isabella, sentada en una banca de un parque, sosteniendo a Livia recién nacida. En el reverso, alguien había escrito una frase con tinta negra.

*«Bianca no eligió a su hija por casualidad. Pregunte qué ocurrió la semana antes de que Isabella muriera».*

Alessandro sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Miró la fotografía.

Después miró a Livia, que seguía pintando junto a la ventana, sin imaginar que el pasado de su madre acababa de abrir una puerta que él llevaba años intentando mantener cerrada.

Y debajo de la fotografía, oculto en el fondo del sobre, encontró un segundo papel.

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Solo contenía una dirección y una hora.

Esa misma noche.

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