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Chapter 4: El secreto que la novia creyó poder utilizar

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Alessandro.

El guardia mantuvo la espalda recta, aunque conocía lo suficiente a su jefe para saber que aquella calma no anunciaba nada bueno.

—La señora Moretti está en el salón principal. Ha pedido hablar con usted delante de los invitados. Dice que, si cancela la ceremonia, revelará información que podría perjudicar a la familia Rizzano.

Bianca se llevó una mano al pecho.

Su expresión cambió tan rápidamente que Alessandro no necesitó escuchar otra palabra para comprender que aquello no era una sorpresa.

Era un plan.

—¿Qué información? —preguntó él.

—No lo especificó, señor. Pero ha mencionado documentos.

Alessandro bajó la mirada hacia Livia. La niña estaba acurrucada contra él, con los dedos enredados en la solapa de su saco. De vez en cuando, un pequeño estremecimiento le recorría el cuerpo.

—Rosalie —dijo con suavidad—, necesito que lleves a Livia a mi suite privada. Que venga la doctora Bennett y que nadie la moleste.

Rosalie asintió.

—Por supuesto, señor.

Livia levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Te vas, papá?

Alessandro se agachó hasta quedar frente a ella.

—Tengo que resolver algo, mi amor. Pero estaré cerca.

—¿Con Bianca?

La pregunta lo dejó inmóvil por un instante.

—No voy a dejar que te haga daño otra vez.

—¿Lo prometes?

—Te lo prometo.

La pequeña le rodeó el cuello con ambos brazos y le dio un beso en la mejilla. Después permitió que Rosalie la recibiera.

Antes de salir, la empleada se volvió hacia Alessandro.

—Señor, hay algo que debería saber.

Él levantó los ojos.

—Dime.

Rosalie miró a Bianca, que fingía acomodarse el velo.

—Anoche, la señorita Livia me pidió que dejara la luz del pasillo encendida. Dijo que tenía miedo de que la señora Moretti entrara en su habitación.

La mano de Alessandro se cerró lentamente.

—¿Por qué tenía miedo?

Rosalie vaciló.

—No quise preocuparlo antes de la boda. Pensé que tal vez había sido un malentendido.

—Rosalie.

La empleada tragó saliva.

—Hace tres noches, escuché a Bianca decirle que, cuando se casara con usted, las cosas cambiarían. Le dijo que ya no podría correr a su habitación cada vez que tuviera una pesadilla. También le dijo que las niñas grandes dormían solas y que su papá tendría cosas más importantes que hacer.

Alessandro permaneció en silencio.

Livia tenía apenas tres años.

Todavía necesitaba que alguien le alcanzara un vaso de agua cuando se despertaba sedienta. Todavía confundía algunas palabras cuando estaba cansada. Todavía creía que las estrellas aparecían porque su madre, desde el cielo, encendía pequeñas luces para acompañarla.

Y Bianca había decidido convertir esas inseguridades infantiles en herramientas para someterla.

—Gracias por decírmelo —respondió finalmente—. A partir de ahora, si ves algo que pueda afectar a mi hija, me lo dirás de inmediato.

—Sí, señor.

Rosalie salió con Livia en brazos.

Alessandro esperó hasta que la puerta se cerró. Entonces volvió la mirada hacia Bianca.

Ella estaba junto al tocador, intentando recuperar la dignidad que había perdido.

—Tu madre quiere verme —dijo él—. Y, por lo que parece, tú sabes exactamente por qué.

—Mi madre está preocupada por mí.

—¿Por ti o por el matrimonio?

—Es lo mismo.

—No para mí.

Bianca levantó la barbilla.

—Alessandro, no podemos discutir aquí. Hay demasiadas personas involucradas.

—Curioso. Hace cinco minutos no te preocupaba que todos supieran que habías utilizado unas máquinas eléctricas contra una niña de tres años.

—¡Ya basta con eso!

La voz de Bianca resonó en la suite.

Alessandro no se movió.

Ella respiró con fuerza y se obligó a bajar el tono.

—Estoy dispuesta a disculparme con Livia. Podemos comprarle una peluca, contratar al mejor estilista de Chicago y hacer que todo esto desaparezca. Nadie necesita enterarse.

—¿Una peluca?

—Sí. Es una solución razonable.

Alessandro miró el cabello esparcido por el suelo.

—¿Crees que el problema es cómo se verá mi hija en las fotografías?

—No quiero que la gente se burle de ella.

—Entonces debiste pensarlo antes de humillarla.

Bianca apartó la mirada.

Durante unos segundos, solo se escuchó el zumbido lejano de los preparativos de la ceremonia.

Después ella habló con una seguridad renovada.

—Si sales por esa puerta y cancelas la boda, mi madre no será la única persona que hablará. Hay contratos, acuerdos y documentos que afectan a tus empresas. Tu familia lleva años construyendo una imagen respetable. ¿De verdad quieres arriesgarlo todo por una discusión doméstica?

Alessandro se acercó al tocador y tomó el anillo de compromiso.

Lo dejó caer dentro de una pequeña caja de terciopelo.

—Acabas de cometer un error, Bianca.

Ella palideció.

—¿Cuál?

—Creer que necesito casarme contigo para proteger a mi familia.

Alessandro cerró la caja.

—Mi abogado estará aquí en diez minutos. Hasta entonces, no vas a abandonar esta suite.

Bianca soltó una risa nerviosa.

—¿Me estás reteniendo?

—Te estoy pidiendo que esperes mientras aclaramos lo que acabas de amenazar con revelar.

—No puedes darme órdenes.

—Puedes salir cuando quieras. Pero si lo haces, no esperes que vuelva a tratarte como a mi prometida.

Ella se quedó inmóvil.

Alessandro abrió la puerta y salió al corredor, donde dos hombres de seguridad lo esperaban.

—Quiero una copia de todos los documentos que Bianca Moretti y su madre hayan presentado durante las negociaciones matrimoniales —ordenó—. Incluidos los acuerdos prenupciales, las propuestas de inversión y cualquier modificación de última hora.

—¿Cree que intentan extorsionarlo, señor?

Alessandro miró hacia el salón principal.

—Creo que alguien ha cometido el error de confundir mi paciencia con debilidad.

La madre de Bianca, Victoria Moretti, estaba de pie junto a la mesa presidencial cuando Alessandro entró en el salón.

Vestía un traje azul oscuro, un collar de perlas y una expresión de indignación cuidadosamente ensayada. A su alrededor, los invitados cuchicheaban. Algunos sostenían copas de champán; otros fingían revisar sus teléfonos mientras intentaban escuchar cada palabra.

Victoria levantó la barbilla.

—Alessandro. Por fin.

Él no respondió al saludo.

—¿Qué documentos tienes?

Victoria apretó el bolso contra su costado.

—Primero, quiero saber por qué mi hija está llorando en una habitación mientras tú te paseas por este hotel como si fueras un rey ofendido.

—Tu hija le cortó el cabello a mi niña.

Victoria parpadeó.

Solo una vez.

Pero Alessandro lo vio.

—Fue un accidente —respondió ella.

—¿También fue un accidente que la comparara con un perro?

Algunas personas dejaron de hablar.

Victoria se acercó un paso.

—No voy a discutir asuntos familiares delante de los invitados.

—Entonces no debiste amenazar con revelar información delante de ellos.

El rostro de Victoria se endureció.

—Estoy intentando proteger a Bianca.

—¿De qué?

Ella abrió el bolso y sacó un sobre color crema.

—De las consecuencias de casarse con un hombre que no comprende las obligaciones que tiene con su futura esposa.

Alessandro miró el sobre sin tocarlo.

—Ponlo sobre la mesa.

—Primero quiero tu palabra de que la ceremonia continuará.

Él sonrió levemente.

—No estás en posición de negociar.

Victoria apretó el sobre.

—No sabes lo que contiene.

—Entonces muéstramelo.

—Si lo hago, tendrás que admitir que este matrimonio ya no es solamente una cuestión de sentimientos.

Alessandro se inclinó hacia ella.

—Victoria, he dedicado mi vida a asegurarme de que las personas comprendan las consecuencias de sus decisiones. No me obligues a explicártelo delante de todos.

La mujer sostuvo su mirada durante unos segundos.

Finalmente, colocó el sobre sobre la mesa.

Alessandro lo abrió.

Dentro había copias de documentos financieros, una propuesta de participación empresarial y varias páginas con firmas que reconoció de inmediato.

Una de ellas pertenecía a su propio director financiero.

Otra llevaba el nombre de Bianca.

Pero fue la última página la que hizo que su expresión se volviera completamente fría.

Era una autorización preliminar para transferir una participación de una de sus empresas logísticas a una sociedad privada registrada en Delaware.

La transferencia dependía de la celebración del matrimonio.

Y la sociedad privada estaba vinculada a los Moretti.

Alessandro levantó lentamente la vista.

—Explícame esto.

Victoria cruzó los brazos.

—Es parte de los acuerdos que se discutieron entre nuestras familias.

—No recuerdo haber autorizado esta transferencia.

—La documentación está firmada por personas que trabajan para ti.

—Eso no responde a mi pregunta.

Victoria sonrió con rigidez.

—Quizá deberías hablar con tu director financiero antes de tomar decisiones precipitadas.

Alessandro cerró el sobre.

Ahora entendía por qué Victoria había llegado tan segura de sí misma.

Los Moretti no habían apostado únicamente por una boda. Habían apostado por el acceso a sus negocios, a sus contactos y a la confianza que Alessandro había depositado en su círculo más cercano.

Y estaban utilizando la ceremonia para obligarlo a aceptar un acuerdo que él ni siquiera recordaba haber visto.

—¿Mi prometida conoce estos documentos? —preguntó.

Victoria vaciló.

—Bianca ha participado en las conversaciones.

—No te pregunté eso.

La mujer levantó la barbilla.

—Sí. Los conoce.

Alessandro guardó las hojas en el sobre.

—Entonces ahora tenemos dos problemas.

Victoria frunció el ceño.

—¿Cuáles?

—Una mujer que creyó que podía aterrorizar a mi hija sin consecuencias y un grupo de personas que cree que puede utilizar una boda para conseguir acceso a mis empresas.

Dio media vuelta.

—La ceremonia queda suspendida.

Victoria se quedó boquiabierta.

—¡No puedes hacer eso!

Alessandro se detuvo junto a la puerta.

—Acabo de hacerlo.

Y cuando salió del salón, su teléfono comenzó a vibrar.

El mensaje procedía de su abogado.

*«Alessandro, revisé los documentos que me enviaste. Hay una firma adicional. Si es auténtica, alguien de tu familia aprobó la operación hace seis meses».*

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Debajo del mensaje aparecía un nombre.

El nombre de la persona en quien Alessandro más confiaba después de su propia hija.

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